Visión ciega / Peter Watts

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De niño, solía oír en las conversaciones que sostenía mi padre con sus amigos, que existía un libro llamado “El Excálibur”, que debía permanecer en un barco porque no podía ser desembarcado, y que aquel que se atreviera a leerlo acabaría por volverse loco. “El Excálibur, el libro que produce la locura”, lo llamaban.

Muchos, muchos años después, pude enterarme que el dichoso libro había sido escrito nada menos que por L. Ron Hubbard, escritos de ciencia ficción que optó por la más lucrativa actividad de fundar la cienciología, Y que todas esas noticias sobre la locura a la que induciría el libro o su ubicación, al parecer,  no eran más que un buen truco publicitario. Para más detalles, pueden consultar el siguiente enlace: https://granmisterio.org/2013/05/24/el-libro-que-vuelve-loco-a-quien-lo-lea/

En todo caso, me quedó para siempre la idea de que podían existir libros cuya lectura podría constituir, efectivamente, un duro golpe a las creencias o la psique de quien lo leyera, un libro que alterase el cerebro incluso a nivel neuronal.

“Visión ciega” de Peter Watts, si bien no tiene la pretensión casi ocultista de las obras de Hubbard, si que es un libro peligroso en ese sentido, casi como todo lo que había podido leer de este autor en la estupenda antología que publicó la (tristemente cerrada) editorial de libros electrónicos Fata Libelli, bajo el título de Ad Astra – Cuentos de ficción científica.

Y es que Peter Watts, como biólogo marino, sabe de lo que habla. Y básicamente, de lo que habla es del hombre, del ser humano y su “auténtica” naturaleza, aquella que los científicos están apenas descubriendo y que no se parece en nada a lo que hasta ahora hemos considerado éramos los humanos.

La novela podría (ojalá) simplificarse como una novela “de primer contacto”. Como se lee en la contraportada, un buen día del futuro la Tierra entera aparece cubierta por miles de sondas que registran toda su superficie, a manera de fotografía global. Nos enteramos así de que no estamos solos en el universo, y de que el origen de las sondas esté en los linderos de nuestro sistema solar, a donde se envía una nave… integrada por una peculiar tripulación.

Y es aquí donde acaba cualquier similitud con otras novelas del género. La tripulación de la nave Teseo es humana, pero cada uno de sus integrantes es un caso psiquiátrico, especialmente desarrollado para el éxito de la misión. El líder es un vampiro (sic), resucitado del pasado terrestre merced a la ingeniería genética. El protagonista aparente es Siri Keeton, a quien le falta medio cerebro y puede establecer correlaciones y pautas de comportamiento o lenguaje, sin manifestar mayor personalidad. Otra tripulante tiene cuatro personalidades, y así. A su vez, los extraterrestres contactados son eso, alienígenas, seres evolucionados en otro entorno, con otras motivaciones y con otras actitudes frente a su propia existencia y frente a lo que sería alienígena para ellos, es decir, nosotros, los humanos.  No son humanos disfrazados o trasuntos de nuestras proyecciones. Peter Watts se ha dado el gran esfuerzo de investigar, como leemos en los apéndices añadidos a la novela, en los campos de la biología, la neurología, la psicología y otras materias no muy inteligibles, ni siquiera para el propio Watts, como el mismo se encarga de precisar. El inevitable enfrentamiento entre humanos y extraterrestres no es sino una extraña sucesión de revelaciones… respecto a la naturaleza humana, nuestro lugar en la cadena evolutiva, y lo peor de todo, si nuestra “personalidad” no es más que un accidente, una rémora de la cual carecerían otras especies inteligentes, frente a las cuales tendríamos la misma relación que tiene una presa con su predador.

Una novela que ha remecido el ámbito de la ciencia ficción.

Colofón: tras la lectura de “Visión ciega”, conversé sobre muchas de las teorías que aparecen en el libro con mi hijo Piero, quien estudia Psicología. Le pregunté cómo las veía el desde su futura profesión, si lo que llamamos personalidad no es más que un accidente evolutivo, qué trascendencia o destino tendría cualquier acto humano. Me expresó que eran teorías muy interesantes, pero que a lo más el las trataba como meras especulaciones. “Los psicólogos orientamos a la gente para que sean felices”, o algo así. “Si partimos de la intrascendencia humana, no podríamos apoyar a nadie”. Me emocionó mucho esa respuesta, equivalente para mí a horas de terapia. 

 

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