Cielos de la Tierra / Carmen Boullosa

bullosa

La novela recurre a un interesante artificio narrativo, muy similar al de “Claridad tan obscura” del escritor peruano Carlos Herrera, novela en la cual los sobrevivientes de una catástrofe mundial, encerrados en un ignoto refugio, reflexionan en torno a diversos temas, mientras que uno de ellos encuentra una biografía novelada del misionero jesuita Antonio Ruiz de Montoya. La situación original se convierte en un pretexto para la lectura/narración de la biografía, la cual se convierte en el tema principal de la novela.

En “Cielos de la Tierra”, hay tres momentos (pasado, presente y futuro) narrados desde el punto de vista de algún personaje. El pasado consiste nada menos que en el período de tiempo inmediato a la conquista de México, narrado por un cronista singular, un indio noble llamada Hernando de Rivas, perteneciente a la primera (y acaso última) generación de estudiantes del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, interesante pero fallido experimento de asimilación cultural: a Hernando de Rivas se le imparte la mejor educación posible, que no puede aprovechar de ninguna manera por su condición de indígena. Sus alocuciones en latín, por ejemplo, son tomadas como meros ejercicios mnemotécnicos, sonidos que podría hacer una urraca o un perico. El presente, apenas dibuja a una investigadora que ha rescatado para la posteridad el manuscrito de Hernando de Rivas.

¿Y el futuro? Un mundo devastado en su superficie, en el cual se sitúa la Atlántida, llamada a veces l´Atlantide, en la cual mora Lear, la última depositaria y lectora del manuscrito de Hernando de Rivas. Un futuro lleno de tecnologías a veces incomprensibles, y que en un principio parece un mero decorado, una piedra de toque desde la cual leer el texto de Hernando de Rivas. Pero hacia la mitad de la novela, Lear y su mundo futuro cobran un singular protagonismo: se suscita una suerte de revolución que se basa nada menos que en la abolición del lenguaje y la memoria. Y en este punto, la novela, publicada en 1997, deviene en premonitoria: Lear observará con horror y desesperanza que sus coetáneos caen en un estado peor que la barbarie, puesto que sin lenguaje ni memoria, la actividad cerebral deviene en mera reacción. La descripción que se hace de esta nueva humanidad, precisamente, no parece diferir de nuestra creciente ansiedad en torno a las redes sociales y al uso perpetuo de aparatos como los smartphones. La comunicación reducida a gruñidos y gestos, incluso signos simplificados similares a los “emoticones”, la existencia convertida en una mera expectativa de estímulos externos, y la sensación de impotencia de Lear frente a esta transformación (similar, por cierto, a la desazón de Hernando de Rivas frente al ocaso de su mundo), hacen de “Los cielos de la Tierra” una novela de sorprendente actualidad.

(Actualización del día 13 de febrero de 2018: La versión en Inglés de esta novela figura como precandidata al Premio Hugo 2018, según información proporcionada por Alberto Chimal en el artículo “La lista de Hugo Gernsback“, publicado en el magazine Literal – Latin American Voices/Voces Latinoamericanas)

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