Los príncipes de madera / Daniel Pérez Navarro

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Si, se trata de una nueva, novísima editorial, la Editorial Cerbero, en alusión al perro de tres cabezas que custodiaba la entrada al Averno, según la mitología griega. Tres cabezas que corresponden a los tres géneros en los que la editorial se especializa: ciencia ficción, fantasía y terror. Y para beneplácito de los lectores, se trata básicamente de novelas cortas, algo muy saludable en estos tiempos de volúmenes extensos y trilogías de cientos y cientos de páginas (y de gran calidad, las malditas). Si bien he leído esta novela en su versión electrónica, entiendo que las ediciones impresas han recuperado el formato de los recordados bolsilibros, con los que muchos nos iniciamos en la lectura.

Pero a diferencia de las historias publicadas en los bolsilibros de otrora, con sus inevitables héroes y villanos esquemáticos, además de obligados finales felices; las novelas que publica la Editorial Cerbero son de otro tipo. Como la novela que reseñamos, Los príncipes de madera, que es una narración de temática bastante adulta, dura e intimista, en la cual el sentido de la maravilla está muy entrelazado con un sentido de extrañeza que llega a ser hasta ominoso, y esto por que el autor ha sabido crear personajes bastante plausibles en cuanto a su naturaleza: son jóvenes humanos genéticamente modificados para poder trabajar en condiciones ajenas a las de nuestro planeta, y siguiendo una determinada “programación”. Una suerte de “replicantes” al estilo Blade runner, pero menos aparatosos, y mucho más ambiguos en cuanto a sus motivaciones. Es decir, la alteración de la que han sido objeto los han convertido en algo distinto a la humanidad de la cual provienen, y considero una genialidad por parte del autor el haber logrado que esta diferencia que caracteriza a los personajes se manifieste antes por sus acciones y diálogos que mediante el socorrido infodump.

A pesar de su densidad, la novela se lee de un tirón, una vez asimilado el toque de extrañeza ya descrito, que en nada perjudica su trama de ciencia ficción: la acción transcurre en varios mundos, algunos meras lunas o satélites designados por algún guarismo, o en mundos como Agarttha, una luna en la cual se pretende explotar un mineral conocido como Jebo, necesario para mantener en funcionamiento a las inmensas megaurbes de los planetas civilizados debido a sus propiedades energéticas. Tal es el destino de los ocho adolescentes que están siendo educados en el Instituto Huygens del Arco, institución educativa que parece más propia del siglo XIX que de un futuro tecnificado, a quienes suele denominarse los cerebritos de Collins.

¿Y ello por qué? Poco a poco, estos mismos adolescentes nos introducen a “su mundo”, esto es, a los conocimientos que ellos tienen (y adquieren) respecto a su origen y su naturaleza. Se saben dotados de grandes y precisas cualidades intelectuales, pero también de limitaciones y extraños traumas, como el miedo a las serpientes. Si bien están al cuidado del personal de la institución que los ha “desarrollado”, no están libres de peligros, como el intenso odio que les manifiesta un personaje, “programado” como ellos para tal misión.

Si bien se trata de ocho “principes de madera” (título que se explica a lo largo de la novela), pronto uno de ellos, Janus, será quien tome el protagonismo, sin llegar a convertirse en un líder al uso. Mas bien, la historia se centra en su evolución, la cual se desencadena al entrar en contacto con la luna Agarttha, ya formando parte del equipo de explotación del mineral que existe en dicho mundo. Un secreto tras otro será revelado, al tiempo que Janus madura como persona, en base a dos ejes muy precisos, la búsqueda de la libertad – de su programación, de la corporación que lo ha creado y de sus perseguidores –  y el conocimiento del amor.

Los príncipes de madera puede funcionar como una gran metáfora de la condición humana, acaso no muy distinta de la de los sufridos personajes de la novela: una especie condenada a ignorar más cosas de las que puede saber, en eterno conflicto con lo que su naturaleza/programación le manda a hacer, y lo que su espíritu/libertad le ofrece.

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