Camelot 30K / Robert L. Forward

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Después de leer algunas -e imprescindibles – distopías, esta entretenida novela de Robert L. Forward es un refrescante paseo por una ciencia ficción de corte más clásico, con su añadido de fe en la ciencia y sus posibilidades. Hay esperanza, siempre, en que la humanidad vaya por la senda correcta, ya sea por decisión propia o por mera casualidad. Siempre tenemos opciones.

Camelot 30K transcurre en un futuro no muy lejano, en el cual la humanidad ha alcanzado los límites de nuestro sistema solar. En el transcurso de una misión, se descubre un cometoide – un cuerpo celeste con núcleo rocoso pero cubierto de hielo – habitado por una raza de seres que recuerdan a pequeños gusanos con diez patas y un solo ojo frontal, dotados además de inteligencia, con un nivel de desarrollo tecnológico y social similar al de nuestra Edad Media, con sus reinas, caballeros, magos y torneos a caballo….  eh, a lomo de heuller. El cometoide, llamado 1999 ZX por los humanos, es conocido como Hielo por sus habitantes, los keracks, quienes han establecido contacto con los seis miembros de una expedición terrestre. Dicho contacto se realiza a través de la curiosa maga Merlene, del reino de Camalor, y portavoz de los keracks.

Tras leer ciertos nombres kerack, el lector no puede dejar de evocar al mago Merlin, a la mítica Camelot y a otros personajes pertenecientes al ciclo artúrico, al cual el autor homenajea desde el mismo título de la novela. De hecho, gran parte de la misma no es sino un plácido recorrido por Camalor, que nos permite apreciar las artes, conocimientos y costumbres de los keracks. Las peculiares condiciones de su mundo – frío y oscuro – les han  permitido desarrollar visión infrarroja, muy útil para detectar metales radiactivos, los cuales son obtenidos de gusanos del hielo, la versión inmadura del heuller, animal que es usado como montura por los keracks. Los humanos, dado su inmenso tamaño y el insoportable calor que irradian, recorren la ciudad mediante el uso de una suerte de robots teledirigidos llamados telebots, construidos a imagen y semejanza de los keracks.

Si bien este paraíso feérico no conoce la pobreza o el hambre,  si conoce la guerra – hay otros reinos, además de Camalor, con los que dicha ciudad mantiene una tensa paz – ; y guarda además  un secreto, más impactante y explosivo que el misterio que envuelve a la identidad de la reina o el tabú que existe en torno a las costumbres sexuales de los keracks. Por no decir nada del misterio que constituye la mera presencia de los keracks en su gélido mundo, cuyo ambiente es uno de los menos aptos para el surgimiento y sostén de cualquier tipo de vida.

El final es sorprendente, y muy bien narrado. Esta precisión no es gratuita, puesto que dicho final se sustenta en la aplicación de conceptos y nociones científicas de cierta complejidad, pero que el autor, físico además de escritor,  ha logrado plasmar de manera inteligible y amena, no exenta de humor.

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