El cuento de la criada / Margaret Atwood

tapa atwood

Si bien fue publicada en 1985, esta novela ha sido reeditada muchas veces. Y no es para menos, puesto que su cuestionamiento de nuestras nociones en torno a la feminidad y los derechos sexuales y reproductivos aún está vigente.

Se trata de una novela distópica (la autora prefiere decir que es de “ficción especulativa”). Tras una inexplicable epidemia que ha ocasionado la esterilidad de la mayoría de las mujeres, la sociedad norteamericana ha colapsado dando lugar a una teocracia, la República de Gilead, basada en la observancia de creencias religiosas ultra conservadoras, que se expresan en una sociedad ostensiblemente jerárquica, al punto que el lugar que se ocupa en esta jerarquía se evidencia en el color de las ropas que usan las personas. Las Criadas, por ejemplo, sólo pueden usar vestidos de color rojo y una toca blanca en la cabeza.

Pero esta distopía no defiende la vida. Al contrario, se basa en el sometimiento de las mujeres. Las Criadas, quienes no han perdido la capacidad de concebir, se han vuelto sumamente valiosas para la sociedad, pero no en tanto seres humanos, sino como una suerte de ganado reproductivo. Sometidas a la voluntad de sus amos, los Comandantes y sus Esposas, las Criadas son las encargadas de concebir, pero no de acuerdo a su voluntad ni deseos. Tanto así, que incluso han perdido sus nombres, asumiendo una curiosa denominación que indica a que clan “pertenecen”. La protagonista, quien sólo a veces recuerda su verdadero nombre, es llamada Defred. “De Fred”, por que no se pertenece a sí misma. Tampoco es que pertenezca a un hombre solamente, sino también al ejército, al clero, a una familia, lo que es un evidente contraste con su “vida” anterior: hija de una feminista y madre soltera, Defred no es la típica heroína virginal y romántica. Alguna vez fue amante de un hombre casado, y su mente duda entre seguir sus deseos de libertad o aceptar y conformarse con su nueva vida, de la cual también puede obtener alguna que otra ventaja.

La novela fue llevada al cine en 1990, habiendo obtenido el Premio Arthur C. Clarke de 1987. Treinta años después, la cadena Hulu la ha convertido en una serie de diez episodios. 

Lovecraft (y Leiber) en triunfo

“No hay en el mundo fortuna mayor, creo, que la incapacidad de la mente humana para relacionar entre sí todo lo que hay en ella. Vivimos en una isla de plácida ignorancia, rodeados por los negros mares de lo infinito, y no es nuestro destino emprender largos viajes. Las ciencias, que siguen sus caminos propios, no han causado mucho daño hasta ahora; pero algún día la unión de esos disociados conocimientos nos abrirá a la realidad, y a la endeble posición que en ella ocupamos, perspectivas tan terribles que enloqueceremos ante la revelación, o huiremos de esa funesta luz, refugiándonos en la seguridad y la paz de una nueva edad de las tinieblas.” (H.P. Lovecraft, La llamada de Cthulhu)

Así inicia uno de los relatos más celebrados de H.P. Lovecraft, magnífica presentación de los horrores que la estirpe de los Grandes Antiguos traerá a la Tierra. Tal es la “filosofía lovecraftiana”, recogida, entre otros, por autores como Thomas Ligotti o filósofos como Eugene Thacker: la existencia es un horror.

Imposible ser consecuente con tales ideas y seguir viviendo. O bien siempre habrá ese impulso irracional por seguir viviendo “por que sí”, o bien la mente humana (o determinados seres humanos) creará falaces ilusiones que le aporten algún consuelo.

Bajemos un poco el nivel de abstracción. No pensemos ya en la existencia misma, sino en uno de sus componentes, el conocimiento. Alguna vez, ilusionados por la religión o la “razón”, creímos que el conocimiento implicaba sabiduría, y por ende, la Humanidad, al saber cada vez más, lograría crear una utopía con paz, progreso, prosperidad… elija el lector el sustantivo abstracto (esto es, inexistente) que más le guste.

La realidad resultó muy diferente. El conocimiento nos dio mejores formas de matar, de explotar, de depredar. El descubrimiento de la agricultura, por ejemplo, benefició a la humanidad en general, pero en concreto, condenó a los agricultores a una vida repetitiva e insalubre, vida que ningún habitante de las ciudades envidiaría.

¿Y el conocimiento del universo, de la vida y de los fenómenos a ella ligados? El universo mágico y trascendente del pasado dio paso a una realidad hecha de átomos unidos al azar, o si quiere el lector mantener una posición creyente, unidos por una voluntad divina que, de tan incomprensible y ajena, equivale a cero.

En realidad, aunque cueste creerlo, conocemos mucho sobre el universo en el que vivimos, y sobre nosotros mismos. Pero ese conocimiento, al parecer, y como previó Lovecraft, nos causó más terror que otra cosa. No en vano este post inicia con esa aberrante muestra de aborregamiento que es la “oración de Chávez”, en un vídeo que pone los pelos de punta a cualquier abanderado de la razón y la modernidad. Pienso en Jorge Luis Borges comentando “La isla del doctor Moureau”, de H.G. Wells, reparando en los monstruos que, ante su amo – creador, “gangosean un credo servil”…

¿Es realmente tan tonta esta gente? Pensar eso sería muy optimista, pues bastaría creer que con un poco de educación se les curaría. Pero no parece que las personas del vídeo carezcan de educación, siendo lo más probable que incluso cuenten con educación universitaria.

¿Entonces? ¿No nos salvará la educación (universitaria) del advenimiento de esa Edad Oscura predicha por Lovecraft? Al parecer, las universidades hace tiempo vienen abandonando ese (supuesto) objetivo de desarrollar el conocimiento y cambiar la realidad. Por el contrario, se hacen cada vez más “seguras”, más convencionales: la idea es otorgar títulos para insertarse en el mercado laboral, y punto. Las maestrías que abundan son para capacitaciones comerciales o administrativas, por hablar de los postítulos. Las humanidades, en cambio, están en franco retroceso. Muy pocas de las nuevas universidades aportan algo en el campo de las humanidades. Ni la filosofía, ni la historia, ni la literatura les caen bien a los promotores, supuestamente por inútiles, por que no dan plata. Pero ahora sabemos que la realidad es otra: esas carreras solo sirven para dar miedo pues, para que te preguntes por qué…  y todo para que luego no nos gusten las respuestas. Mejor sigo con mi Maestría Turbo para Ganar Harto Billete.

No olvidemos el curioso retardo mental en el que están cayendo las universidades. De repente, los estudiantes protestan y exigen, no libertad de cátedra, sino que … ¡no se estudie ciertos temas! ¡Universitarios que exigen que no les exijan académicamente! ¡Que no enseñen materias que afecten su sensibilidad (religiosa, cultural, sexual)! Antes, si no me equivoco, se consideraba que la educación superior le daba al egresado un grado más elevado de madurez, pero ahora puedes tener hasta dos maestrías y regalarle el diez por ciento de tus ganancias al charlatán religioso de moda. Así acabe violando a tus hijos en el colegio.

Y, para variar, otro genio de la ciencia ficción, Fritz Leiber, nos dejó una visión que, pese al humor con el que ha sido tratada, no deja de ser aterradora. En su magistral cuento “Jefes descarriados”, plantea la tesis de que un exceso de conocimiento y racionalidad no lleva a nada mejor que… a la irracionalidad. Como lo demuestran sus estudiantes universitarios ofreciendo sacrificios y persignándose ante ante la Gran Computadora que va a evaluar sus informes…

El siglo XVIII fue conocido como el Siglo de las Luces. Tal vez el siglo XXI sea conocido como el Siglo en el que se apagaron las Luces… o titilaron.