El doctor Jekyll y el señor Hyde/Robert L. Stevenson

jekyll-hyde

De esta breve pero intensa novela de Robert Louis Stevenson tenía muchas referencias y recuerdos relativos a versiones cinematográficas, mas no una lectura directa de la misma. Misterios de la vida, que me alejaron de lo que algunos lectores consideran es un antecedente del género de ciencia ficción, dado lo sugerente de su trama: el atildado, buenmozo y decente doctor Jeckyll de Londres, ha inventado una poción que lo transforma en el brutal, grotesco y vicioso señor Hyde. Un humano se convierte en monstruo. Un hombre bueno se convierte en malo. Un socorrido ejemplo de la dualidad humana, en la que se juntan el lado luminoso y el lado oscuro.

Sin embargo, una lectura directa de esta novela aún es capaz de provocar más de una sorpresa en el lector. Una vez que se ha conocido de primera mano al doctor Jekyll, no puedo menos que concluirse que no se trata del “otro lado” del señor Hyde. Jekyll no es otra cosa que la versión reprimida de Hyde. Como lo revela él mismo, está harto del lugar que ocupa en la sociedad londinense, el del caballero de sociedad amante de las tertulias y de las causas nobles. En el fondo, desea  placeres y diversiones, cuanto más repelentes – a su juicio – mejor.

De modo que da con la fórmula que, en la versión que casi todos los lectores manejamos, le permite convertirse en monstruo: una poción de color verdoso (¿de qué otro color podría ser una poción mágica o de origen químico?)  que, a poco de ser ingerida, hace que afloren al rostro de Jekyll unos rasgos y expresión bestiales, se reduzca su estatura (?) y experimente lo que en el fondo ha buscado: una sensación total de libertad de todo tipo de frenos, de represiones, de moral. O sea, quien aparece no es el señor Hyde, sino el verdadero Jekyll, un tipo tan abyecto que se solaza en propinarle furibundos puntapiés a una infeliz niña de ocho años que tiene la mala suerte de cruzarse en su camino… incidente que es solucionado entre adultos y a la manera adulta, es decir, comprando el dolor y la vergüenza de la niña con dinero que se entrega a sus padres. Como que la sociedad retratada por Stevenson no tenia mucho de qué escandalizarse al conocer las andanzas del señor Hyde, a decir verdad…

Así, se hace evidente que para Stevenson, tanto la educación como la sociedad victoriana en sí, son el equivalente a otro tipo de poción, que a diferencia de la descrita a lo largo de novela, sirve para ocultar al señor Hyde, pero que como todo lo artificial (como lo es la poción inventada por Jekyll), lo hace de un modo imperfecto o limitado: no vemos al doctor Jekyll morir convertido en el señor Hyde, sino que vemos morir a alguien que ha vuelto a su esencia original. Jekyll siempre fue Hyde.

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