La cúpula / Stephen King

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El inicio no puede ser más inquietante: un día cualquiera, el – en apariencia – apacible pueblecito de Chester´s Mill es encerrado bajo una cúpula, invisible e impenetrable, que literalmente cae del cielo y lo aísla totalmente del exterior. Mientras el resto del mundo  – léase el Gobierno de los Estados Unidos – debe lidiar con el enigma y con una opinión pública que exige respuestas y la liberación de los ciudadanos atrapados por el fenómeno, bajo la cúpula se desatará una ola de dramas y crímenes, protagonizados por viudas, antisociales y politicastros locales, quienes se adaptarán antes que nadie a tan extraordinaria situación, la cual ven como un regalo de Dios – literalmente – para probar que son los herederos manifiestos de un destino, aunque este destino consista en disponer de la vida y la muerte de los demás ciudadanos atrapados. Mejor cabeza de ratón que cola de león, como diría el concejal James “Big Jim” Rennie, capaz de corromper a un religioso para producir drogas ilegales, pero incapaz de soltar siquiera una palabrota, a fin de no ofender al Señor…

Es una lástima que una novela que parte de tan interesante premisa sea desbordada por la manía que tiene Stephen King de crear personajes muy pero que muy complejos y bien construidos, al punto que logran lo que podría parecer imposible: hacer que la cúpula y el misterio que encierra pasen a un segundo plano, cuando no se pierden de vista por parte del lector. Porque de pronto, La cúpula deja de ser una novela basada en un hecho inexplicable y anómalo hasta lo aterrador, para convertirse en una suerte de telenovela, de culebrón televisivo, centrado en las vicisitudes del pequeño universo en el que se ha convertido Chester´s Mill. El lector puede saltarse tranquilamente las páginas del libro de cien en cien: recién a las finales, y como quien no quiere la cosa, a alguien “se le ocurre” una idea respecto al origen de la cúpula, quien la puso ahí y cómo librarse de ella, y oh casualidad, esta idea resulta ser correcta. O bien como lector soy incapaz de reconocer el genio de Stephen King, o estamos ante el más tramposo deus ex machina que haya leído jamás. Como para preguntarle al autor: ¿y te has tardado tantas páginas del libro para decirme que todo se soluciona así de fácil? ¿Me he tenido que soplar accidentes, robos, asesinatos y planes de ya-perdí-la-cuenta-cuántos personajes para leer que la solución la “descubren” unos secundarios tan secundarios que ni sus nombres se recuerdan? Pues sí. A La cúpula le sobran, como mínimo, unas 800 páginas, si es que queremos leerla como una historia de ciencia ficción. Le sobran menos, unas 200, si la leemos como una versión remozada de La caldera del diablo. Pueblo chico, infierno grande. Pero, ¿y la cúpula?

No puedo menos que comparar esta novela con Aurora, de Kim Stanley Robinson, en el sentido de que ambas novelas transcurren, la mayor parte del tiempo, en un entorno cerrado (la cúpula, la nave estelar). Pero mientras que en Aurora se logra el efecto de hacer sentir al lector que los personajes se encuentran en un ambiente muy especial y ajeno a la Tierra, una nave en medio del vacío del espacio y enfrentada a constantes peligros por esta misma situación, en La cúpula se hace necesario recurrir a obvias menciones al fenómeno a fin de recordarle al lector que, además de drama y pasión telenovelesca, hay por ahí una estructura misteriosa que, al parecer, algo tiene que ver con la novela que tiene en las manos.

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El doctor Jekyll y el señor Hyde/Robert L. Stevenson

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De esta breve pero intensa novela de Robert Louis Stevenson tenía muchas referencias y recuerdos relativos a versiones cinematográficas, mas no una lectura directa de la misma. Misterios de la vida, que me alejaron de lo que algunos lectores consideran es un antecedente del género de ciencia ficción, dado lo sugerente de su trama: el atildado, buenmozo y decente doctor Jeckyll de Londres, ha inventado una poción que lo transforma en el brutal, grotesco y vicioso señor Hyde. Un humano se convierte en monstruo. Un hombre bueno se convierte en malo. Un socorrido ejemplo de la dualidad humana, en la que se juntan el lado luminoso y el lado oscuro.

Sin embargo, una lectura directa de esta novela aún es capaz de provocar más de una sorpresa en el lector. Una vez que se ha conocido de primera mano al doctor Jekyll, no puedo menos que concluirse que no se trata del “otro lado” del señor Hyde. Jekyll no es otra cosa que la versión reprimida de Hyde. Como lo revela él mismo, está harto del lugar que ocupa en la sociedad londinense, el del caballero de sociedad amante de las tertulias y de las causas nobles. En el fondo, desea  placeres y diversiones, cuanto más repelentes – a su juicio – mejor.

De modo que da con la fórmula que, en la versión que casi todos los lectores manejamos, le permite convertirse en monstruo: una poción de color verdoso (¿de qué otro color podría ser una poción mágica o de origen químico?)  que, a poco de ser ingerida, hace que afloren al rostro de Jekyll unos rasgos y expresión bestiales, se reduzca su estatura (?) y experimente lo que en el fondo ha buscado: una sensación total de libertad de todo tipo de frenos, de represiones, de moral. O sea, quien aparece no es el señor Hyde, sino el verdadero Jekyll, un tipo tan abyecto que se solaza en propinarle furibundos puntapiés a una infeliz niña de ocho años que tiene la mala suerte de cruzarse en su camino… incidente que es solucionado entre adultos y a la manera adulta, es decir, comprando el dolor y la vergüenza de la niña con dinero que se entrega a sus padres. Como que la sociedad retratada por Stevenson no tenia mucho de qué escandalizarse al conocer las andanzas del señor Hyde, a decir verdad…

Así, se hace evidente que para Stevenson, tanto la educación como la sociedad victoriana en sí, son el equivalente a otro tipo de poción, que a diferencia de la descrita a lo largo de novela, sirve para ocultar al señor Hyde, pero que como todo lo artificial (como lo es la poción inventada por Jekyll), lo hace de un modo imperfecto o limitado: no vemos al doctor Jekyll morir convertido en el señor Hyde, sino que vemos morir a alguien que ha vuelto a su esencia original. Jekyll siempre fue Hyde.

Una papa en Marte

 

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Una de las películas más comentadas del año 2015 fue “El marciano”, basada en la novela del mismo nombre del escritor Andy Weir. La historia va de un astronauta que, tras un accidente (Marte no es precisamente un planeta pacífico, tiene unas tormentas que pueden dejar sin piel a una persona en cuestión de minutos),  queda varado en la superficie marciana, a merced de sus propios recursos. Ingenioso como buen “pioneer”, raciona sus alimentos y desarrolla un cultivo viable de papas, el cual abona con sus propias heces…

De la ficción pasamos a la realidad: la agencia espacial norteamericana, la NASA, en conjunto con el Centro Internacional de la Papa (CIP) del Perú, están realizando experimentos en el sur del Perú, cuyos suelos, de naturaleza volcánica, tienen propiedades muy parecidas a las del planeta Marte. Es decir, una papa que pueda crecer en semejante suelo, podría también cultivarse en el planeta rojo. De modo que una futura colonia humana afincada en Marte podría basar su supervivencia nada menos que en nuestra peruanísima papa.

Así pues, la ciencia del siglo XXI se da la mano con la ciencia (en su sentido más amplio de “conocimiento”) precolombina, la ciencia de los antiguos peruanos, quienes convirtieron un tubérculo venenoso en un vegetal sabroso y nutritivo, gracias al cual se salvaron de la hambruna muchos países europeos. Por algo se la llamaba “kausay”, que en el idioma quechua quiere decir “sustento necesario para la vida”.

La papa no es un regalo de la naturaleza ni de los dioses, es el producto de experimentos y pruebas desarrollados en condiciones que apenas podemos imaginar (¿los andenes, que permiten reproducir una gran variedad de microclimas, habrán sido utilizados como laboratorios?). Los primeros vestigios de papa conocidos poseen nada menos que 8,000 años de antigüedad y fueron encontrados en las cercanías del pueblo de Chilca, al sur de Lima, en 1976.

Largo es el camino que ha recorrido el conocimiento humano, expresado en este tubérculo, la papa, que de los suelos peruanos viajará a otro planeta, acompañando a la humanidad en su viaje por el cosmos.

Aurora / Kim Stanley Robinson

 

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La última entrega de Kim Stanley Robinson, ya bastante famoso por la trilogía de novelas compuesta por Marte rojo, Marte verde y Marte azul, en las cuales se anticipa la actual fiebre en torno a la colonización del planeta Marte, sigue poniendo el acento en la aplicación de los últimos avances y prospectivas científicas en torno a una de las empresas pendientes para la humanidad: la conquista del espacio. Como recuerda uno de los personajes “la Tierra es la cuna de la humanidad, pero no podemos vivir en la cuna para siempre”. Por consiguiente, y ya adentrándonos en la novela, la Tierra ha enviado al espacio una serie de naves – arca con la finalidad de hallar planetas que cuenten con condiciones similares a las de nuestro mundo para una eventual colonización. El viaje al sistema Tau Ceti, en el cual se encuentra el nuevo mundo a colonizar, le toma a la nave Aurora cerca de doscientos años, por lo que la tripulación, que no está en animación suspendida sino plenamente consciente, se renueva de manera constante, aunque sin excederse de un determinado número de personas, quienes habitan distintos ambientes de la nave, llamados biomas, que reproducen lo más fielmente posible las condiciones terrestres.

El estilo seco y objetivo de Robinson es, acaso, el más preciso para narrar esta epopeya, que a diferencia de otras novelas similares sobre naves generacionales, carece de héroes rebeldes o encuentros con extraterrestres hostiles. Al contrario, los problemas en la nave surgen de situaciones tales como la escasez de combustible, la fatiga de materiales, el deterioro genético de una población irremediablemente reducida, los cambios en la velocidad de la nave y el hastío que produce en nosotros la existencia en un entorno cerrado, aun cuando todas nuestras necesidades biológicas están cubiertas.

El realismo con el Kim Stanley Robinson extrapola los posibles resultados de una empresa de semejante envergadura ha ocasionado que muchos lectores hayan experimentado cierta decepción con Aurora,  de la cual esperaban quizá que tuviera un final feliz (tampoco es que tenga un final trágico, por cierto), o una fuera una novela “de acción”. En todo caso, Aurora sirve para recordarnos que en esta nave que es la Tierra, toda acción tiene un efecto, y que hasta el último y más humilde remache cumple una función importante.

La acción se narra desde diversos puntos de vista, de los cuales destaca el de la tripulante Freya, a quien conocemos desde los inicios de la pubertad hasta su juventud, constituyéndose en la principal piedra de toque para que el lector conozca el interior de la Aurora, la nave, descrita como dos entornos circulares que giran en torno a un eje, lo cual genera la fuerza de gravedad necesaria para la subsistencia de la tripulación. En ambos ambientes se han habilitado sendos biomas, que como ya se dijo, reproduce el ambiente correspondiente a alguna zona geográfica terrestre. Resulta interesante la idea de Kim Stanley Robinson de dotar a cada bioma de una cultura propia, acorde con el ambiente recreado. Así, los moradores de un bioma que recrea el ambiente terráqueo equivalente a las regiones polares tienen una cultura distinta a quienes viven en biomas con climas desérticos o acuáticos.

Dos situaciones ponen a la tripulación de Aurora en tensión. De un lado, la sucesión generacional. La primera generación de voluntarios en el proyecto de colonización, al parecer, no contó con que muchos de sus descendientes terminarían por cuestionar su incorporación forzosa a una misión de la cual nunca pidieron ser parte, y que implica poner sus vidas en constante riesgo. De otro lado, la proximidad del arribo de la nave Aurora a su destino, un sistema sistema planetario que contiene mundos con posibilidades de colonización.

Con Aurora, Kim Stanley Robinson proyecta de manera muy realista el impacto que tendría en nuestra cultura los intentos por colonizar mundos lejanos, así como los retos que tendrían que afrontar esos primeros exploradores. No el enfrentamiento catastrófico con enemigos improbables, ni la desesperación por huir de un planeta moribundo, sino el eterno destino de la existencia humana: ir más allá de donde nacemos, salir de la certeza para enfrentar lo desconocido. Y puede que lo desconocido no sea otra cosa que la propia Humanidad, siempre impredecible en sus reacciones ante el fracaso o el logro de sus más ambiciosos sueños.