Perú, ¿país de ingenieros?

31DE2B979

Hace algún tiempo, leí en algún blog  lo siguiente: cada familia peruana debe producir (sic) por lo menos un ingeniero. 

Por supuesto, tal afirmación me pareció un despropósito: no  todos tenemos la vocación de ingenieros, y dudo que se pueda forzar a cualquier persona para que adquiera la capacidad de resolver los problemas y retos propios de dicha profesión. Yo no podría ser ingeniero, a pesar del interés que despiertan en mí  la tecnología y la ciencia.

Pero eso no implica una desvalorización de las ingenierías. Al contrario, si uno piensa en la tradición del “ingeniero” que arranca con los constructores de las pirámides en Egipto y de Machu Picchu en Perú, continuada por Leonardo da Vinci y Galileo Galilei, arribando a quienes lograron que el hombre llegara a la Luna… no cabe más que admirar la labor del ingeniero. Y de la ingeniera, dicho sea de paso.

Sin embargo, parece que nuestro Perú sigue empeñado en admirar otro tipo de desempeño, digámoslo con ironía, profesional. Los ejemplos de viveza criolla, por ejemplo, siempre tiene más espacio en los medios audiovisuales que las obras producidas por el esfuerzo, el trabajo y el ingenio.

En fechas relativamente recientes, se han concretado en el Perú obras de gran envergadura, que acaso en otros países pasarían a ser nuevos atractivos turísticos, cuando no fuente de aprendizaje para escolares y estudiantes.

Básicamente, me refiero al Parque Eólico de Marcona, en Ica; el intercambio vial de Piura, y los túneles Santa Rosa y San Martín en Lima.

Sobre el Parque Eólico de Marcona, el Primer Parque Eólico del Perú, este vídeo institucional muestra el gran avance que implica contar con fuentes de energía alternativas:

El Intercambio Vial de Piura, quizá no parezca tan espectacular. Existen obras similares, pero este lo recuerdo por una razón especial, que comentaré al final de esta entrada.

Por último, en estos últimos días de febrero de 2016, se han puesto en operación los túneles Santa Rosa y San Martín, situados al norte de la ciudad de Lima. Estas fotos, de cuando aún estaban en construcción, pertenecen al diario “El Comercio”:

sm2

sm1

Y bueno, ¿a qué viene tanto alboroto por obras que nuestras autoridades están en la obligación de producir e implementar?

Pues que, en su momento, estuve muy pendiente de las mismas. A la espera de su puesta en marcha. Supongo que son las ventajas de trabajar en el Diario Oficial, conocer las noticias “antes”. Y dado que, como es evidente, eran obras de gran trascendencia, parecía lógico que los medios de comunicación les dieran el tratamiento de gran noticia que podría esperarse.

Pero como podrán suponer, según nuestra televisión y nuestros diarios, no pasó nada. Recuerdo sí al actual Presidente Ollanta Humala inaugurando el Intercambio Vial de Piura, pero los periodistas sólo lo enfocaban a él y no a la obra, preguntándole por cualquier cosa que no fuera el Intercambio Vial. Como preguntar a un Faraón por un uñero, teniendo al costado las Pirámides…

Lo que lleva a preguntarme, ¿así fomentamos las vocaciones por la ingeniería, en el Perú? ¿Ignorando estas obras, dándole importancia a imitadores y bataclanas? ¿Sumergidos en politiquerías menudas?

Los medios de comunicación juegan un rol muy importante en lo que se refiere a formar la imagen de un país, a crear un proyecto de existencia que nos involucre a todos. Un país donde no solo tengamos crimen y farándula, sino también creatividad, ciencia y tecnología.

Esperemos que las cosas mejoren.

Daniel Salvo

Advertisements

Mi robot depresivo / Carlos Vera Scamarone

12696825_10153568359603422_205138951_o
Portada: Gerardo Espinoza

(Texto leído durante la presentación del libro de cuentos  Mi robot depresivo de Carlos Vera Scamarone,  el día 12 de febrero de 2016, en el auditorio del Hospital de Emergencias Grau)

El libro debe mucho a la terquedad. A la terquedad del escritor Carlos Vera Scamarone por escribir, en un medio como el nuestro, que no apoya a sus escritores, y a la terquedad de Edita el Gato Descalzo, representado por Ana María Intili y Germán Atoche Intili, quienes contra viento y marea, apuestan por un género que las grandes editoriales, peruanas y trasnacionales, no aprecian mucho: la ciencia ficción.

Carlos Vera Scamarone ya nos emocionó con La paradoja Cane, una historia de viajes en el tiempo que aún no ha concluido, aunque suene a broma.

Y fiel a su arte de fabular, Carlos nos ha seguido proporcionando más material, como el libro que presentamos en estos momentos, Mi robot depresivo, título por demás sugerente, por cuanto une lo tecnológico (el robot) con lo humano (depresivo).

Justamente, casi todos los relatos juegan con esa contradicción. De un lado, la contradicción de nuestra realidad, la cual es asaltada por dragones, robots y una naranja…

No todos los cuentos son de ciencia ficción. El primero, “Ya llegó Godoy”, es una exquisita muestra de humor, que se burla de las expectativas que nos hacemos respecto a las personas, especialmente, los políticos. Trata de una suplantación que se parece mucho a cierto plagio que se está ventilando en estos días…

Los fantasmas también tienen su espacio en el libro, aunque sea sólo para recordar el momento de su muerte. También la venganza de un ultraje en la infancia se ejecuta en el lecho de muerte de un (aparentemente) inocente anciano.

“Remi” es un cuento que bien podría titularse “ten cuidado con lo que deseas, porque podría cumplirse”. Y luego tenemos esa extraña alegoría de la vida, que nos recuerda la continuidad entre todos los seres vivientes, animales y vegetales, entre los que se encuentra una naranja muy angustiada por su destino.

“Mi robot depresivo”,  cuento que da nombre al volumen, es una historia que debe leerse despacio. Nos habla del deseo que tenemos los humanos de perpetuarnos, de tener descendencia, aún cuando esa descendencia no sea del todo humana. ¿Es acaso “humano” un robot? ¿Tanto como para llegar a deprimirse? ¿Qué son nuestros sentimientos, sino una suerte de algoritmos programados, meras reacciones neuronales ante estímulos externos? Ante esa revelación, es dable entonces que un robot – una máquina que piensa y siente – pueda demostrar tanta o más “humanidad” que una persona de carne y hueso, por cuanto puede programarse para “sentir”, y de manera más perfecta que la manera en que siente un ser humano. ¿Pero, en un mundo como el nuestro, de qué le serviría una sensibilidad tan exquisita?

Los cuentos que cierran el volumen, “Ushamin: draco peruvianis” y “Mamaco”, juegan con la fantasía ambientada en nuestro país. De un lado, la mitológica figura del dragón deja de ser un monstruo para convertirse en un amigo, en un elemento lúdico. Y en “Mamaco”, el lado legendario de nuestro Perú se muestra en su aspecto más sombrío y triste, mezclado con una violencia secular que nadie puede ignorar.

Los cuentos de Mi robot depresivo son los caminos que Carlos Vera Scamarone ha trazado desde si mismo hasta nosotros. A transitarlos, que nos hará mucho bien.

Daniel Salvo

A la deriva en el mar de las lluvias y otros relatos / VV.AA.

aladerivaenmarlluvias-ok
Portada de Alex Popescu

En el ambiente literario, se emplea el término “parricidio” para referirse a un supuesto ritual en el que los escritores “jóvenes” deciden romper con una supuesta tradición, encarnada en alguna figura totémica, generalmente, un escritor ya maduro y asentado. Huelga decir que muchos de estos actos de supuesta rebeldía acaban, más que en un parricidio, en un besamanos de lo más abyecto. Es decir, “quería matarlo… hasta que me consiguió una beca”.

En la ciencia ficción, suele ocurrir lo contrario. A pesar del tiempo transcurrido, los escritores del género no niegan a Verne, Wells, Lovecraft o Asimov como sus primeros y valiosos contactos con la ciencia ficción, la fantasía o el terror, cuando no reconocen su influencia. En el caso de Asimov, por ejemplo, tenemos la Segunda Trilogia de la Fundación. a cargo de autores como David Brin, Gregory Benford y Greg Bear. Tenemos pues homenaje y continuidad, antes que parricidio.

Lo cual no quiere decir que el género no evolucione, o se ramifique en direcciones y variables que años atrás difícilmente podrían haberse considerado ciencia ficción (y tal parece que aún hoy en día, no faltan puristas en ese sentido). Como muchos de los relatos que componen la presente selección: a un manejo depurado del lenguaje, se corresponde una temática basada más en el aspecto emocional de los personajes que en la “acción” que a primera vista se suele vincular con la ciencia ficción. Así pues, tenemos paisajes extraterrestres, astronautas, tecnologías avanzadas, saltos dimensionales… que no son sino un pretexto para ahondar en la condición humana, único punto en común de todos los relatos. Y en este caso, un aspecto de dicha condición que casi siempre queremos ocultar: la melancolía.

La señora astronauta de Marte (Mary Robinette Kowal).- Una ambientación de lujo (un Marte colonizado, una Tierra devastada), para un drama impecable: una astronauta en el ocaso de su vida, pero aún de utilidad para fines de exploración espacial. Marte no es un entorno tan fácil de domesticar, por lo que se planean nuevas migraciones. La pericia de la astronauta será requerida, aunque tendrá que tomar un decisión que involucra tanto su vida como la de un ser muy querido por ella.

Algoritmos para el amor (Ken Liu).- No hay ser humano que no busque el amor. De otro ser humano, de una deidad, de una mascota, de sí mismo. En esa búsqueda incesante, es posible que alguien descubra que lo que llamamos amor bien podría ser una mera respuesta cerebral a cierto estímulo, algo totalmente ajeno a la trascendencia que le atribuimos a dicho sentimiento. Pero, si se pudiera programar el amor… ¿dejaríamos de buscarlo? Aún si supiésemos que el amor que damos (o que nos dan) no es más que un epifenómeno de la actividad biológica más primaria, ¿dejaría de ser importante en nuestras vidas? Los personajes de esta historia, tanto humanos como no humanos, tampoco parecen tener muy en claro la respuesta. Uno no vuelve a ser el mismo luego de leer este relato.

Frigonovia (Will McIntosh).- Una historia sentimental que transcurre en un ambiente muy frío y aterrador. Las personas del futuro pueden “conservar” a un ser querido dentro de sus mentes, a la vez que pueden conservar sus cuerpos congelados de manera indefinida. ¿Qué ocurre cuando uno de estos cuerpos congelados pierde todo referente en el mundo real, sin parientes ni nadie que lo reclame? Pues resulta que en este futuro hipotético, también hay solitarios, personas tímidas incapaces de entablar una relación, pero que sueñan con encontrar a ese “alguien”… incluso en un depósito de cuerpos congelados.  Pero, ¿y si ese “alguien” está buscando, a su vez, a “alguien más”? Una historia de amor que transcurre a lo largo de un siglo, con seres vivos, congelados… y acaso un fantasma.

Regreso a casa (Mike Resnick).- Las cargas que, a veces sin querer, solemos depositar en nuestros hijos, son terribles. Como puede serlo el desear que se queden siempre con nosotros, a costa de sacrificar sus propios sueños y anhelos. Pero, ¿y si estos sueños y anhelos consistieran en dejar nuestro mundo para explorar un planeta tan lejano y de condiciones tan extremas que implicasen la transformación más radical de la anatomía del explorador? ¿Un mundo tan lejano como para que llegar al mismo lleve prácticamente toda la vida del explorador? ¿Soportaríamos, como padres, que nuestros hijos se alejen definitivamente de nosotros?

La verdad de los hechos, la verdad del corazón (Ted Chiang).- Inquietante relato que parte del cuestionamiento de lo que constituyen nuestra personalidad, nuestra memoria y lo cierto o falso que puedan tener nuestros “recuerdos”. A veces, estamos seguros de que algo ocurrió de determinada manera, y creemos que nuestra vida ha tomado un rumbo determinado a partir de dicho acontecimiento. ¿Y si luego descubrimos, de manera fehaciente, que las cosas fueron de otra manera? ¿Entonces, quienes somos? La historia nos revela cómo cambiaría nuestra cultura si se inventara una manera más perfeccionada de registrar todo el tiempo que transcurre entre nuestro nacimiento y nuestro presente. ¿Acaso no estamos avanzando en esa dirección, tomándonos selfies a diestra y siniestra, o registrando hasta el más nimio detalle de nuestras vidas en redes sociales como el Facebook? El protagonista de esta historia, un amargado padre de familia cuya esposa lo abandonó años atrás, dejándolo al cuidado de su única hija, descubrirá, gracias a una de estas invenciones, que la verdad o la mentira en nuestras vidas a veces no son sino los dos lados de un mismo hecho. De otro lado, una tribu entrará en contacto con la escritura, reiniciando el ciclo que constituye destruir las ideas preconcebidas en torno a la percepción de la “realidad”.

Si fueras un dinosaurio, amor mío (Rachel Swirsky).- La emotiva conclusión del relato compensa el inicio, una suerte de comparación lírica entre la fortaleza del dinosaurio (se nota el conocimiento que tiene la autora en cuestiones de paleontología) y la debilidad del ser humano ante circunstancias atroces.

La amaryllis (Carrie Vaughn).- Si bien el ambiente (un mundo postapocalíptico) está bien logrado, la historia, que va de los conflictos de un clan de pescadores en dicho entorno, no llega a levantar vuelo.

A la deriva en el mar de las lluvias (Ian Sales).- Uno de los mejores relatos de ciencia ficción que se hayan publicado. La acción transcurre en la Luna, en una estación cuyos integrantes han podido escapar, si puede decirse así, a la guerra total que ha convertido a la Tierra en un mundo muerto, completamente estéril, incapaz de albergar cualquier tipo de vida. Sus provisiones y su oxígeno se van consumiendo. ¿Hay alguna esperanza? Por increíble que parezca, si: un artilugio imposible, nada menos que un proyecto secreto de los nazis, un dispositivo que puede trasladarlos a otra dimensión, acaso a un universo paralelo en el cual la Tierra siga siendo el planeta madre, capaz de permitirles el retorno. De lejos, el mejor relato de la selección.