Esperanza

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Camila, de doce años. Una bala perdida impactó en su columna.

 

El día domingo, contra mi costumbre, decidí ver un programa televisivo en los que se comentan los sucesos de la semana, o se edita alguna nota periodística sobre algún caso destacado. La primera parte del programa estuvo dedicada, cómo no, al momento político actual (en Perú, estamos por elegir al nuevo Presidente de la República para el período 2016-2021). Ver a esa colección de seres grotescos saltando, bailando y emitiendo frases huecas justificando ora una alianza insospechada, ora un padrinazgo dudoso, llevaba a pensar que uno estaba espectando una película del gran Federico Fellini, pero carente de la genialidad que podría darle algo de trascendencia. Al contrario, tras ver el “espectáculo”, uno sólo podía concluir que la vida nos ha condenado a ser una suerte de animales atroces, o como expresó un escritor en una reciente entrevista, que todos somos o seremos una mierda en algún momento de nuestras vidas, sino a lo largo de las mismas. Mierda fuiste ayer, mierda serás mañana.

El reportaje que siguió a la feria de los políticos empezó siendo más deprimente aún. Estaba dedicado a los efectos de las “balas perdidas”, esas que se disparan en un tiroteo y tienden a herir o dañar a los seres más inocentes.

Entre otros, se presentó el caso de una niña herida en tales circunstancias. La pobre había perdido, por efectos de impacto balístico, un hueso del cráneo, y presentaba dificultades para mover su mano derecha. Los daños sufridos por la niña y las dificultades que implicaba cuidarla y criarla tras el impacto de la bala perdida eran narrados por su madre, quien se expresaba muy serenamente, aunque en ciertos momentos, no podía contener la emoción y emitía un sollozo, el cual trataba de contener. Admirable.

Ante este cuadro, acaso corolario del anterior desfile de cretinos y demagogos, ¿qué queda sino cuestionarse a uno mismo, a la propia existencia, a lo que hacemos o decimos que hacemos por la vida? ¿Se puede escribir ciencia ficción después de contemplar semejante atrocidad? Por un momento, pensé que aquel escritor cuya conclusión era que somos y seremos basura tenía toda la razón.

Pero en un momento difícil de precisar, esa madre que se enfrentaba al mundo, acaso sola con su hija, alzó la mirada y la dirigió a la cámara, o mejor dicho, al espectador.  Y si bien era el rostro y la mirada de una mujer luchadora, era también el rostro de alguien que sabe que un día podría fallar, que un día podría no estar, y entonces, ¿qué sería de su pequeña hija?

Y en ese momento, comprendí que aquel escritor que opinaba tan tristemente acerca de la condición humana estaba equivocado. Porque esa mujer podría ser nuestra vecina de edificio, o vivir a dos calles de distancia, cuidando ella sola a su hija. Y que en lugar de verla a través de una pantalla de televisión, podría cruzarme con ella en la calle, o abrirle la puerta luego de tocar. Esa mujer (y su hija) podría, en algún momento,  necesitar de mí,  de todos nosotros.

Y si llegara ese momento, ¿qué le diría a esa mujer? ¿Que por naturaleza todos somos egoístas, y que su sufrimiento o necesidades carecen de interés para mí? ¿Le mostraría la entrevista en la cual ese inteligente escritor afirma que todos somos basura?

En realidad, no se qué le diría exactamente. Pero si se lo que una persona en esas circunstancias podría necesitar de nosotros, lo que debemos darle nosotros: ESPERANZA. Esperanza en que algún día nuestra sociedad humana sería solidaria con ella y con su  hija. Esperanza en que, si esa madre un día faltara, la sociedad ayudaría a su hija a caminar…

Los escritores de ciencia ficción, con nuestras utopías imposibles y nuestras distopías preventivas, con nuestras realidades alternativas y nuestros viajes en el espacio y el tiempo, proporcionamos  a la Humanidad  visiones e ideas que inspiran el futuro. Como lo dijo Bruce Sterling, en su prefacio a Quemando cromo:

Si los poetas son los legisladores no reconocidos del mundo, los escritores de ciencia ficción son sus bufones de corte. Somos payasos sabios que podemos saltar, dar cabriolas, hacer profecías y rascarnos en público. Podemos jugar con grandes ideas por que el extravagante colorido de nuestros orígenes de revista barata nos hace parecer inofensivos. 

Y los escritores de Ciencia Ficción tenemos siempre la posibilidad de retozar alegremente: ejercemos influencia sin tener responsabilidades. Son muy pocos los que se sientes obligados a tomarnos en serio; y no obstante, nuestras ideas se filtran en la cultura, la recorren, burbujeantes, invisibles, como una radiación de fondo.

Ofrecer esperanza a la gente. O escribir ciencia ficción. Da igual.

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