Tan bárbaros como nosotros

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Tan bárbaros como nosotros

Jorge Luis Borges tiene un texto genial (como casi todas los que escribió): Historia del guerrero y la cautiva, incluido en El Aleph, y publicado en 1949. Básicamente, narra dos historias, dos destinos. En una de ellas, una mujer de origen inglés es raptada por indios (en un malón), para acabar convirtiéndose en una india más. “La mujer europea que opta por el desierto”,  la denomina Borges; en abierta contraposición al guerrero del título de cuento, un guerrero bárbaro del siglo VI u VIII llamado Droctulft, quien, en pleno trance de la ciudad romana de Rávena, decide enfrentarse a los suyos para defenderla. ¿Un traidor? A juicio de Borges, no. Fue algo muy distinto.

No fue un traidor (los traidores no suelen inspirar epitafios piadosos); fue un iluminado, un converso. Al cabo de unas cuantas generaciones, los longobardos que culparon al tránsfuga proce­dieron como él; se hicieron italianos; lombardos y acaso alguno de su sangre —Aldiger— pudo engendrar a quienes engendraron al Alighieri …

¿Qué podría motivar semejante conducta en un bárbaro guerrero invasor, oriundo de vastos espacios salvajes? Nuevamente, el genio de Borges nos muestra, de manera luminosa y emotiva, cómo el impacto de lo que llamamos civilización (la civitas, la ciudad), puede cambiar el espíritu de un hombre:

Imaginemos, sub specie aeternitatis, a Droctulft,  (…)  Las guerras lo traen a Rávena y ahí ve algo que no ha visto jamás, o que no ha visto con plenitud. Ve el día y los cipreses y el mármol. Ve un conjunto, que es múltiple sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos. Ninguna de esas fábricas (lo sé) lo impresiona por bella; lo tocan como ahora nos tocaría una maquínaria compleja, cuyo fin ignoráramos, pero en cuyo diseño se adivinara una inteligencia inmortal. Quizá le basta ver un solo arco, con una incomprensible inscripción en eternas letras romanas. Bruscamente lo ciega y lo renueva esa revelación, la Ciudad. Sabe que en ella será un perro, o un niño, y que no empezará siquiera a entenderla, pero sabe también que ella vale más que sus dioses y que la fe jurada y que todas las ciénagas de Alemania. Droctulft abandona a los suyos y pelea por Ravena. Muere, y en la sepultura graban palabras que él no hubiera entendido (…)

No ocultaré mi adhesión a lo que llamaríamos civilización occidental, aunque sea de segunda mano, como diría la letra de una canción del grupo Los Prisioneros. O aunque pertenezcamos al extremo occidente de los cuentos de Rodolfo Hinostroza. Con todos sus defectos y fallas, es (¿o fue?) un proyecto de civilización basado en la racionalidad y la ciencia antes que en las creencias religiosas o las costumbres tribales. De hecho, hasta donde sé, es el primer proyecto de civilización en el que se engendra la noción de futuro como un ámbito cuya construcción depende de la actividad humana, en lugar de la profecía o revelación, que reduce toda expectativa humana al cumplimiento de la voluntad divina, exista o no.

Pero debe precisarse también que la civilización y la barbarie solo son conceptos abstractos: lo que existe son seres humanos que eligen actuar como seres civilizados o como bárbaros. No podemos decir que la mujer del texto de Borges, la inglesa que termina bebiendo sangre fresca de un animal, como cualquier miembro de su nueva tribu, sea menos “civilizada” que otra inglesa bebiendo una taza de té, la cual, a su vez, bien podría hacerlo contemplando cómo su marido castiga con latigazos a un esclavo. Si, el proyecto de la civilización occidental tuvo muchas desviaciones.

Quizá estas desviaciones (como el nazismo, pesadilla aún fresca en nuestras mentes). nos hayan llevado, actualmente, a renegar o desesperar de ese proyecto de civilización, de cualquier proyecto. Avergonzados por los errores de nuestros padres, agobiados por un relativismo que en realidad enmascara la actitud soberbia de creer que “sabemos más”, los civilizados ciudadanos del siglo XXI hemos caído en estancamiento mental que nos ha llevado a desentendernos de todo lo que no sea nuestro beneficio inmediato. En lugar de arriesgarnos y luchar por un orden que nos trasciende, como Droctulft, con nuestra inacción e indiferencia, nos ponemos de parte de los bárbaros, saqueamos y destruimos nuestra propia ciudad.

En el Perú, este estancamiento, esta opción sin salida entre la civilización y la barbarie, se expresa en el próximo proceso electoral de 2016. Se supone que vamos a elegir a un gobernante. ¿Elegimos? No, descartamos. Por que la mayoría de ellos, o al menos quienes tienen más opciones de ser elegidos (según las encuestas),  son, y lo sabemos, bárbaros, representantes de la corrupción, la rapiña y el oportunismo.

Tan bárbaros como nosotros.

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