¿Es posible la Utopía?

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En el II Congreso Internacional de Narrativa Fantásticarealizado no hace mucho en Lima, tuvo lugar una ponencia dedicada a una novela brasileña (mi pésimo dominio del portugués me impide recordar el título y al autor de la misma) de ciencia ficción, cuya trama describía las eventuales maravillas de una sociedad futurista que lograba armonizar tecnología y cuidado del medio ambiente. Una utopía. Sin embargo, en la estación de preguntas que siguió a esta ponencia, alguien preguntó “cuál era la distopía oculta” en dicha novela, revelando así una ley no escrita de las novelas y películas de ciencia ficción: que toda utopía es, en el fondo, una distopía.

De hecho, resulta curioso que ante la mención de la palabra “utopia”, nos vienen a la mente distopías clásicas como 1984 o Un mundo feliz, antes que el propio texto filosófico que puso de moda el término, la Utopía de Tomás Moro. Como pone la Wikipedia:

El nombre de la isla fue inventado por Moro y los estudiosos de su obra le atribuyen dos orígenes, ambos del griego. Uno es ou, que significa “no” y el otro eu, que significa “bueno”. En ambos casos, el prefijo se complementa con la palabra topos, que se traduce como “lugar”.

Aunque con el paso del tiempo el término utopía se haya popularizado como sinónimo de perfección, u objetivo inalcanzable, Tomás Moro no le atribuye explícitamente ese significado en su obra.

Es curioso cómo la literatura puede influir tanto en la mente humana, cómo acaba configurando nuestras ideas y conceptos. De un proyecto de sociedad ideal, hemos cargado al término utopía de una connotación  mas bien siniestra, a saber, una especie de trampa oculta bajo una apariencia de perfección. Más que un ideal o un concepto, utopía es una mala palabra, que en el mejor de los casos, se usa en términos un tanto despectivos (como en el título del ensayo de Mario Vargas Llosa, La utopía arcaica – José María Arguedas y las ficciones del indigenismo, por ejemplo),  poniendo en evidencia su inviabilidad.

Sin embargo, si bien son pocos, existen ejemplos, al menos en la ciencia ficción, de utopías o sociedades que, si bien imperfectas (como todo lo humano), han logrado un alto nivel de desarrollo y una estabilidad que desde nuestra convulsionada y violenta realidad no podemos menos que anhelar.

Un ejemplo de sociedad utópica se encuentra en la novela  Cánticos de la lejana Tierra, de Arthur C. Clarke, conocida también como Voces de un mundo distante. En dicha novela, se describe una sociedad humana asentada en un lejano planeta llamado Thalassa,  que un tanto prematuramente describí así:

La vida en Thalassa es una suerte de utopía científica: las conversaciones suelen girar en torno a las actividades de investigación que los habitantes deben efectuar para mantener su sociedad en un mínimo de estabilidad. Si bien no carece de emociones, resulta un tanto insípida.

El gran autor español Domingo Santos, en su novela corta La piel del camaleón (incluída en el volumen Bajo soles alienígenas, publicado en ebook y en versión impresa por la editorial Sportula), logra captar, de manera magistral, el sentimiento de sospecha que nos embarga a los seres humanos frente a cualquier sociedad que parezca más evolucionada que la nuestra: en dicha narración, los humanos arriban a un planeta que, al parecer, carece de mayores recursos. Sus habitantes viven en una única ciudad, y todos parecen ser muy inteligentes y pacíficos. Los humanos, hasta el final, sospechan que algo anda mal, que los habitantes de ese planeta les están ocultando un secreto atroz. Pero no hay tal cosa. Como amablemente explica uno de los personajes, lo que sucede es que los terrestres hemos incurrido en el error de tomar a nuestro planeta como el paradigma de lo que “debe ser” la vida en otros mundos, y por tanto, carecemos de la perspectiva necesaria para entender que  el planeta de la ciudad de cristal no es ninguna utopía, sino que la Tierra es, en realidad, un planeta en el cual la vida es difícil, una constante lucha contra “peligros” tan obvios como una fuerza de gravedad excesiva, mareas impredecibles, terremotos devastadores, gérmenes y otros desafíos que no existen en aquel mundo. Liberados de esas cargas, viven, a su manera, vidas plenas y despreocupadas. Una historia contundente, que nos recuerda, entre otras cosas, que no somos el centro del universo ni la medida de todas las cosas. Y que la mejor manera de vivir es adaptarse a lo que existe, antes que intentar adaptar lo que existe a nuestros prejuicios.

En las sociedades planteadas por Orwell y Huxley, se hace evidente la existencia de un poder siempre ejercido de manera vertical, que puede cambiar de manos, pero no puede ser ejercido de otra manera (es inolvidable el momento en el que Mustafá Mond, Primer Interventor Mundial de Un mundo feliz, revela a un asombrado John Salvaje que en su juventud fue un rebelde anti sistema, y que su castigo por esta rebeldía consistió en convertirse en el Primer Interventor Mundial…). En cambio, en las sociedades imaginadas por Clarke y Santos, el poder es, ante todo, una cuestión de eficiencia, acorde al objetivo que dichas sociedades se han planteado: adaptarse al medio en el que viven.

Para el caso particular de Thalassa, la utopia ideada por Arthur C. Clarke, comenté en un principio que me parecía “un tanto insípida”. He ahí el otro gran temor que producen las utopías: que el vivir en un mundo perfecto o cercano a la perfección convierta la existencia humana en un transcurrir intrascendente y aburrido. Sin grandes guerras, sin grandes conquistas, sin grandes dramas o robos, ¿vale la pena vivir?

Honestamente, creo que sí. No hace mucho, en el Perú tuvimos la triste noticia del asesinato de un menor de edad, quien además habría sido ultrajado por su asesino. Y el resto del mundo no pinta nada bien, con atentados y tiroteos aquí y allá.  Pensar que una sociedad en la cual no ocurran tales desgracias es una sociedad que debe evitarse por “aburrida” es, simplemente, monstruoso. Si la humanidad logró abolir la esclavitud, o al menos, llegar al consenso de que es inviable desde cualquier punto de vista, cabe pensar que los asesinatos y violaciones de niños sean el próximo gran flagelo a erradicar de nuestro mundo, por que NADIE en su sano juicio puede considerar que se trata de manifestaciones “normales” de la condición humana.

Cabe precisar que la utopía de Clarke se fundamenta en el elevado nivel de educación de sus integrantes, descrita como racional y científica (es decir, carente de las culpas que engendrarían las religiones y otras ideologías).

Es en estos términos que la utopía puede ser posible. No estamos “condenados” a la violencia, menos a la explotación. Estamos, eso si, destinados a enfrentar y a conocer nuestro planeta, nuestra realidad, nuestra  propia entidad biológica y lo que deriva de ella (consciencia, mente, psique, o como se llame). La utopía es lo que pasará cuando la sociedad permita que cualquier ser humano se realice en la medida de su potencial, cuando este ser humano se plantee metas basadas en lo que existe y comprueba, y no en los prejuicios que le hayan sido inculcados. No significa necesariamente que todos seamos felices o que nunca nos equivoquemos, pero sí que seamos dueños de nuestras vidas.

La utopía es simplemente la armonización del conocimiento, la imperfección y la libertad.

 

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One thought on “¿Es posible la Utopía?

  1. Dejo un enlace a una entrevista a George Steiner. http://cultura.elpais.com/cultura/2016/06/29/babelia/1467214901_163889.html?id_externo_rsoc=FB_CC

    En ella le comentan lo siguiente:

    “- Habla usted de la utopía y de su contrario, la dictadura de la certidumbre…”

    Y Steiner responde:

    “- Muchos dicen que las utopías son idioteces. Pero en todo caso serán idioteces vitales. Un profesor que no deja a sus alumnos pensar en utopías y equivocarse es un muy mal profesor.”

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