Mariposas del oeste y otros relatos

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Magistral portada a cargo de Juan Miguel Aguilera. Disponible también en e-book.

La ciencia ficción hispana se está asentando en cuanto a variedad, calidad y propuestas editoriales. A las editoriales clásicas se suman nuevos sellos, entre ellos, Sportula, el cual además tiene a bien publicar su producción tanto en versión impresa como en formato electrónico, éste último a un precio que linda con lo ridículo, sobre todo, por la calidad del contenido que uno obtiene en contraprestación. ¿Que hay que comprarse un e-reader o tablet para leerlo? ¿Que hay que contar con VISA o MASTERCARD para poder bajarse libros? Pues yo diría que lo que viene publicándose en versión electrónica lo ameritan. Una inversión mínima, si se piensa en todo lo que se puede obtener. Aqui, un enlace al texto de presentación de la antología,  En defensa de la narrativa breve, a cargo de Mariano Villarreal.

Dad al César, de Eduardo Vaquerizo .- Los relatos que cuestionan nuestras creencias o a las organizaciones religiosas, o que plantean nuevas maneras de “entender” e “interpretar” textos sagrados, son un filón inagotable para la literatura especulativa. En un mundo en el cual el aborto es legal y seguro, ¿cómo haría una religión organizada, cuyo credo es “defender la vida”, para cumplirlo a cabalidad? ¿Estamos hablando de auténtico amor a la vida o de simple fanatismo? ¿Y qué decir de los escándalos que involucran a sacerdotes pedófilos? Para leer con mucha atención.

Gloria a Dios en las alturas, de Rafael Marín .- En su lucha contra el mal (?), el Vaticano cuenta con un brazo armado: la organización Ora Pro Nobis. En este cuento,  los integrantes de la organización son destinados al pueblo griego de Hyrcus, donde el Mal se ha manifestado.

Zona de penumbra, de David Roas .- Incluido en su volumen “Bienvenidos a Incaland”, este inquietante relato, ambientado en la ciudad del Cusco, juega con la mente del lector, planteando un posible vínculo entre las ciclópeas construcciones incaicas y las oscuras fantasías (¿realmente lo fueron?) lovecraftianas. Luego de leer este relato, mis recuerdos del Cusco ya no son los mismos.

El niño de las estrellas, de David Jasso .- Ser raptado debe ser una experiencia atroz. Ser raptada y embarazada adrede por un maniático religioso que además pretende estar cumpliendo una misión divina, afirmando ser el mismo un ser ajeno a la humanidad… El giro que toman los acontecimientos es de lo más sorpresivo, y al mismo tiempo, coherente con lo narrado.

Bultzatu, de Ekaitz Ortega .- Interesante ucronía en la cual, tras la muerte de Franco en plena Segunda Guerra Mundial, los nazis ocupan España, que genera el surgimiento de un grupo de resistencia, la Bultzatu. A mayor conocimiento de historia y geografía, mayor disfrute del cuento. Así es la ciencia ficción, te obliga a investigar.

La bestia humana de Birkenau, de Sergio Mars .-  Nuevamente, la Segunda Guerra Mundial. Nuevamente, los nazis, esta vez empeñados en realizar el más aberrante de los experimentos, un cruce entre un ser humano (representante de una de las “razas inferiores”)  y… otra especie animal. Bien descrito el ambiente y los personajes, aunque el final es un tanto anticlimático.

El último piquicorto, de Marián Womack .- Buena ambientación de una Tierra futura que, a causa de alguna catástrofe climática, ha visto cómo se extinguen diversas especies de animales y plantas. Si bien el alimento no escasea, escasea la variedad. Pero la historia como que pierde algo de impulso, desaprovechando su magnífico escenario a causa de la insipidez de los personajes, cuyas motivaciones y actos apenas inspiran empatía al lector. Influjo de la posmodernidad, supongo.

Di hola de parte de Gwydion, de Ana Angulo y Steve Redwood .- El horror y la distopía hacen buena pareja en esta historia de un matrimonio marcado por la tragedia de haber engendrado una hija enferma y deforme, que a pesar de todo se resiste a morir. Sólo que la manera que tiene de aferrarse a la vida, a través de la manipulación de un maníaco con el cual, sin embargo, acabamos simpatizando, es ciertamente repulsiva.

El traductor de Dios, de Javier Castañeda de la Torre.- Uno de los cuentos que más me ha gustado de la antología. Va de un mundo paralelo, en el cual la “ciencia” imperante es la cábala hebrea, fuente de poder de la civilización judía que domina al mundo. La cábala, que tiene por sagradas las 22 letras del alfabeto hebreo, y que extrae su poder de la combinación de estos símbolos. Animar golems, desplazar vehículos, incluso volar, son efectos que se logran aplicando la “combinación” adecuada. Lo mismo se aplica para la biología, lo que lleva a un audaz y desesperado científico a buscar la combinación cabalística que le devuelva la vida a su hijo, recientemente fallecido. La cábala parece insuficiente, por lo que deberá recurrir a la herética y aparentemente inútil ciencia árabe, basada en el álgebra y la física.

Mariposas del oeste, de Elaine Vilar Madruga.- ¿Por qué las cosas hermosas suelen ser tristes? Es quizá la mejor descripción de este cuento, el cual nos narra los avatares de una niña nacida en un mundo postapocalíptico, indescriptible y escalofriante, que sueña con un destino mejor que convertirse en una mariposa del oeste, o mejor dicho, en la concubina de un todopoderoso ser no-humano, para la cual bien podría ser una amante… o comida.

 

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Tan bárbaros como nosotros

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Tan bárbaros como nosotros

Jorge Luis Borges tiene un texto genial (como casi todas los que escribió): Historia del guerrero y la cautiva, incluido en El Aleph, y publicado en 1949. Básicamente, narra dos historias, dos destinos. En una de ellas, una mujer de origen inglés es raptada por indios (en un malón), para acabar convirtiéndose en una india más. “La mujer europea que opta por el desierto”,  la denomina Borges; en abierta contraposición al guerrero del título de cuento, un guerrero bárbaro del siglo VI u VIII llamado Droctulft, quien, en pleno trance de la ciudad romana de Rávena, decide enfrentarse a los suyos para defenderla. ¿Un traidor? A juicio de Borges, no. Fue algo muy distinto.

No fue un traidor (los traidores no suelen inspirar epitafios piadosos); fue un iluminado, un converso. Al cabo de unas cuantas generaciones, los longobardos que culparon al tránsfuga proce­dieron como él; se hicieron italianos; lombardos y acaso alguno de su sangre —Aldiger— pudo engendrar a quienes engendraron al Alighieri …

¿Qué podría motivar semejante conducta en un bárbaro guerrero invasor, oriundo de vastos espacios salvajes? Nuevamente, el genio de Borges nos muestra, de manera luminosa y emotiva, cómo el impacto de lo que llamamos civilización (la civitas, la ciudad), puede cambiar el espíritu de un hombre:

Imaginemos, sub specie aeternitatis, a Droctulft,  (…)  Las guerras lo traen a Rávena y ahí ve algo que no ha visto jamás, o que no ha visto con plenitud. Ve el día y los cipreses y el mármol. Ve un conjunto, que es múltiple sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos. Ninguna de esas fábricas (lo sé) lo impresiona por bella; lo tocan como ahora nos tocaría una maquínaria compleja, cuyo fin ignoráramos, pero en cuyo diseño se adivinara una inteligencia inmortal. Quizá le basta ver un solo arco, con una incomprensible inscripción en eternas letras romanas. Bruscamente lo ciega y lo renueva esa revelación, la Ciudad. Sabe que en ella será un perro, o un niño, y que no empezará siquiera a entenderla, pero sabe también que ella vale más que sus dioses y que la fe jurada y que todas las ciénagas de Alemania. Droctulft abandona a los suyos y pelea por Ravena. Muere, y en la sepultura graban palabras que él no hubiera entendido (…)

No ocultaré mi adhesión a lo que llamaríamos civilización occidental, aunque sea de segunda mano, como diría la letra de una canción del grupo Los Prisioneros. O aunque pertenezcamos al extremo occidente de los cuentos de Rodolfo Hinostroza. Con todos sus defectos y fallas, es (¿o fue?) un proyecto de civilización basado en la racionalidad y la ciencia antes que en las creencias religiosas o las costumbres tribales. De hecho, hasta donde sé, es el primer proyecto de civilización en el que se engendra la noción de futuro como un ámbito cuya construcción depende de la actividad humana, en lugar de la profecía o revelación, que reduce toda expectativa humana al cumplimiento de la voluntad divina, exista o no.

Pero debe precisarse también que la civilización y la barbarie solo son conceptos abstractos: lo que existe son seres humanos que eligen actuar como seres civilizados o como bárbaros. No podemos decir que la mujer del texto de Borges, la inglesa que termina bebiendo sangre fresca de un animal, como cualquier miembro de su nueva tribu, sea menos “civilizada” que otra inglesa bebiendo una taza de té, la cual, a su vez, bien podría hacerlo contemplando cómo su marido castiga con latigazos a un esclavo. Si, el proyecto de la civilización occidental tuvo muchas desviaciones.

Quizá estas desviaciones (como el nazismo, pesadilla aún fresca en nuestras mentes). nos hayan llevado, actualmente, a renegar o desesperar de ese proyecto de civilización, de cualquier proyecto. Avergonzados por los errores de nuestros padres, agobiados por un relativismo que en realidad enmascara la actitud soberbia de creer que “sabemos más”, los civilizados ciudadanos del siglo XXI hemos caído en estancamiento mental que nos ha llevado a desentendernos de todo lo que no sea nuestro beneficio inmediato. En lugar de arriesgarnos y luchar por un orden que nos trasciende, como Droctulft, con nuestra inacción e indiferencia, nos ponemos de parte de los bárbaros, saqueamos y destruimos nuestra propia ciudad.

En el Perú, este estancamiento, esta opción sin salida entre la civilización y la barbarie, se expresa en el próximo proceso electoral de 2016. Se supone que vamos a elegir a un gobernante. ¿Elegimos? No, descartamos. Por que la mayoría de ellos, o al menos quienes tienen más opciones de ser elegidos (según las encuestas),  son, y lo sabemos, bárbaros, representantes de la corrupción, la rapiña y el oportunismo.

Tan bárbaros como nosotros.

¿Es posible la Utopía?

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En el II Congreso Internacional de Narrativa Fantásticarealizado no hace mucho en Lima, tuvo lugar una ponencia dedicada a una novela brasileña (mi pésimo dominio del portugués me impide recordar el título y al autor de la misma) de ciencia ficción, cuya trama describía las eventuales maravillas de una sociedad futurista que lograba armonizar tecnología y cuidado del medio ambiente. Una utopía. Sin embargo, en la estación de preguntas que siguió a esta ponencia, alguien preguntó “cuál era la distopía oculta” en dicha novela, revelando así una ley no escrita de las novelas y películas de ciencia ficción: que toda utopía es, en el fondo, una distopía.

De hecho, resulta curioso que ante la mención de la palabra “utopia”, nos vienen a la mente distopías clásicas como 1984 o Un mundo feliz, antes que el propio texto filosófico que puso de moda el término, la Utopía de Tomás Moro. Como pone la Wikipedia:

El nombre de la isla fue inventado por Moro y los estudiosos de su obra le atribuyen dos orígenes, ambos del griego. Uno es ou, que significa “no” y el otro eu, que significa “bueno”. En ambos casos, el prefijo se complementa con la palabra topos, que se traduce como “lugar”.

Aunque con el paso del tiempo el término utopía se haya popularizado como sinónimo de perfección, u objetivo inalcanzable, Tomás Moro no le atribuye explícitamente ese significado en su obra.

Es curioso cómo la literatura puede influir tanto en la mente humana, cómo acaba configurando nuestras ideas y conceptos. De un proyecto de sociedad ideal, hemos cargado al término utopía de una connotación  mas bien siniestra, a saber, una especie de trampa oculta bajo una apariencia de perfección. Más que un ideal o un concepto, utopía es una mala palabra, que en el mejor de los casos, se usa en términos un tanto despectivos (como en el título del ensayo de Mario Vargas Llosa, La utopía arcaica – José María Arguedas y las ficciones del indigenismo, por ejemplo),  poniendo en evidencia su inviabilidad.

Sin embargo, si bien son pocos, existen ejemplos, al menos en la ciencia ficción, de utopías o sociedades que, si bien imperfectas (como todo lo humano), han logrado un alto nivel de desarrollo y una estabilidad que desde nuestra convulsionada y violenta realidad no podemos menos que anhelar.

Un ejemplo de sociedad utópica se encuentra en la novela  Cánticos de la lejana Tierra, de Arthur C. Clarke, conocida también como Voces de un mundo distante. En dicha novela, se describe una sociedad humana asentada en un lejano planeta llamado Thalassa,  que un tanto prematuramente describí así:

La vida en Thalassa es una suerte de utopía científica: las conversaciones suelen girar en torno a las actividades de investigación que los habitantes deben efectuar para mantener su sociedad en un mínimo de estabilidad. Si bien no carece de emociones, resulta un tanto insípida.

El gran autor español Domingo Santos, en su novela corta La piel del camaleón (incluída en el volumen Bajo soles alienígenas, publicado en ebook y en versión impresa por la editorial Sportula), logra captar, de manera magistral, el sentimiento de sospecha que nos embarga a los seres humanos frente a cualquier sociedad que parezca más evolucionada que la nuestra: en dicha narración, los humanos arriban a un planeta que, al parecer, carece de mayores recursos. Sus habitantes viven en una única ciudad, y todos parecen ser muy inteligentes y pacíficos. Los humanos, hasta el final, sospechan que algo anda mal, que los habitantes de ese planeta les están ocultando un secreto atroz. Pero no hay tal cosa. Como amablemente explica uno de los personajes, lo que sucede es que los terrestres hemos incurrido en el error de tomar a nuestro planeta como el paradigma de lo que “debe ser” la vida en otros mundos, y por tanto, carecemos de la perspectiva necesaria para entender que  el planeta de la ciudad de cristal no es ninguna utopía, sino que la Tierra es, en realidad, un planeta en el cual la vida es difícil, una constante lucha contra “peligros” tan obvios como una fuerza de gravedad excesiva, mareas impredecibles, terremotos devastadores, gérmenes y otros desafíos que no existen en aquel mundo. Liberados de esas cargas, viven, a su manera, vidas plenas y despreocupadas. Una historia contundente, que nos recuerda, entre otras cosas, que no somos el centro del universo ni la medida de todas las cosas. Y que la mejor manera de vivir es adaptarse a lo que existe, antes que intentar adaptar lo que existe a nuestros prejuicios.

En las sociedades planteadas por Orwell y Huxley, se hace evidente la existencia de un poder siempre ejercido de manera vertical, que puede cambiar de manos, pero no puede ser ejercido de otra manera (es inolvidable el momento en el que Mustafá Mond, Primer Interventor Mundial de Un mundo feliz, revela a un asombrado John Salvaje que en su juventud fue un rebelde anti sistema, y que su castigo por esta rebeldía consistió en convertirse en el Primer Interventor Mundial…). En cambio, en las sociedades imaginadas por Clarke y Santos, el poder es, ante todo, una cuestión de eficiencia, acorde al objetivo que dichas sociedades se han planteado: adaptarse al medio en el que viven.

Para el caso particular de Thalassa, la utopia ideada por Arthur C. Clarke, comenté en un principio que me parecía “un tanto insípida”. He ahí el otro gran temor que producen las utopías: que el vivir en un mundo perfecto o cercano a la perfección convierta la existencia humana en un transcurrir intrascendente y aburrido. Sin grandes guerras, sin grandes conquistas, sin grandes dramas o robos, ¿vale la pena vivir?

Honestamente, creo que sí. No hace mucho, en el Perú tuvimos la triste noticia del asesinato de un menor de edad, quien además habría sido ultrajado por su asesino. Y el resto del mundo no pinta nada bien, con atentados y tiroteos aquí y allá.  Pensar que una sociedad en la cual no ocurran tales desgracias es una sociedad que debe evitarse por “aburrida” es, simplemente, monstruoso. Si la humanidad logró abolir la esclavitud, o al menos, llegar al consenso de que es inviable desde cualquier punto de vista, cabe pensar que los asesinatos y violaciones de niños sean el próximo gran flagelo a erradicar de nuestro mundo, por que NADIE en su sano juicio puede considerar que se trata de manifestaciones “normales” de la condición humana.

Cabe precisar que la utopía de Clarke se fundamenta en el elevado nivel de educación de sus integrantes, descrita como racional y científica (es decir, carente de las culpas que engendrarían las religiones y otras ideologías).

Es en estos términos que la utopía puede ser posible. No estamos “condenados” a la violencia, menos a la explotación. Estamos, eso si, destinados a enfrentar y a conocer nuestro planeta, nuestra realidad, nuestra  propia entidad biológica y lo que deriva de ella (consciencia, mente, psique, o como se llame). La utopía es lo que pasará cuando la sociedad permita que cualquier ser humano se realice en la medida de su potencial, cuando este ser humano se plantee metas basadas en lo que existe y comprueba, y no en los prejuicios que le hayan sido inculcados. No significa necesariamente que todos seamos felices o que nunca nos equivoquemos, pero sí que seamos dueños de nuestras vidas.

La utopía es simplemente la armonización del conocimiento, la imperfección y la libertad.