Lovecraft (y Leiber) en triunfo

“No hay en el mundo fortuna mayor, creo, que la incapacidad de la mente humana para relacionar entre sí todo lo que hay en ella. Vivimos en una isla de plácida ignorancia, rodeados por los negros mares de lo infinito, y no es nuestro destino emprender largos viajes. Las ciencias, que siguen sus caminos propios, no han causado mucho daño hasta ahora; pero algún día la unión de esos disociados conocimientos nos abrirá a la realidad, y a la endeble posición que en ella ocupamos, perspectivas tan terribles que enloqueceremos ante la revelación, o huiremos de esa funesta luz, refugiándonos en la seguridad y la paz de una nueva edad de las tinieblas.” (H.P. Lovecraft, La llamada de Cthulhu)

Así inicia uno de los relatos más celebrados de H.P. Lovecraft, magnífica presentación de los horrores que la estirpe de los Grandes Antiguos traerá a la Tierra. Tal es la “filosofía lovecraftiana”, recogida, entre otros, por autores como Thomas Ligotti o filósofos como Eugene Thacker: la existencia es un horror.

Imposible ser consecuente con tales ideas y seguir viviendo. O bien siempre habrá ese impulso irracional por seguir viviendo “por que sí”, o bien la mente humana (o determinados seres humanos) creará falaces ilusiones que le aporten algún consuelo.

Bajemos un poco el nivel de abstracción. No pensemos ya en la existencia misma, sino en uno de sus componentes, el conocimiento. Alguna vez, ilusionados por la religión o la “razón”, creímos que el conocimiento implicaba sabiduría, y por ende, la Humanidad, al saber cada vez más, lograría crear una utopía con paz, progreso, prosperidad… elija el lector el sustantivo abstracto (esto es, inexistente) que más le guste.

La realidad resultó muy diferente. El conocimiento nos dio mejores formas de matar, de explotar, de depredar. El descubrimiento de la agricultura, por ejemplo, benefició a la humanidad en general, pero en concreto, condenó a los agricultores a una vida repetitiva e insalubre, vida que ningún habitante de las ciudades envidiaría.

¿Y el conocimiento del universo, de la vida y de los fenómenos a ella ligados? El universo mágico y trascendente del pasado dio paso a una realidad hecha de átomos unidos al azar, o si quiere el lector mantener una posición creyente, unidos por una voluntad divina que, de tan incomprensible y ajena, equivale a cero.

En realidad, aunque cueste creerlo, conocemos mucho sobre el universo en el que vivimos, y sobre nosotros mismos. Pero ese conocimiento, al parecer, y como previó Lovecraft, nos causó más terror que otra cosa. No en vano este post inicia con esa aberrante muestra de aborregamiento que es la “oración de Chávez”, en un vídeo que pone los pelos de punta a cualquier abanderado de la razón y la modernidad. Pienso en Jorge Luis Borges comentando “La isla del doctor Moureau”, de H.G. Wells, reparando en los monstruos que, ante su amo – creador, “gangosean un credo servil”…

¿Es realmente tan tonta esta gente? Pensar eso sería muy optimista, pues bastaría creer que con un poco de educación se les curaría. Pero no parece que las personas del vídeo carezcan de educación, siendo lo más probable que incluso cuenten con educación universitaria.

¿Entonces? ¿No nos salvará la educación (universitaria) del advenimiento de esa Edad Oscura predicha por Lovecraft? Al parecer, las universidades hace tiempo vienen abandonando ese (supuesto) objetivo de desarrollar el conocimiento y cambiar la realidad. Por el contrario, se hacen cada vez más “seguras”, más convencionales: la idea es otorgar títulos para insertarse en el mercado laboral, y punto. Las maestrías que abundan son para capacitaciones comerciales o administrativas, por hablar de los postítulos. Las humanidades, en cambio, están en franco retroceso. Muy pocas de las nuevas universidades aportan algo en el campo de las humanidades. Ni la filosofía, ni la historia, ni la literatura les caen bien a los promotores, supuestamente por inútiles, por que no dan plata. Pero ahora sabemos que la realidad es otra: esas carreras solo sirven para dar miedo pues, para que te preguntes por qué…  y todo para que luego no nos gusten las respuestas. Mejor sigo con mi Maestría Turbo para Ganar Harto Billete.

No olvidemos el curioso retardo mental en el que están cayendo las universidades. De repente, los estudiantes protestan y exigen, no libertad de cátedra, sino que … ¡no se estudie ciertos temas! ¡Universitarios que exigen que no les exijan académicamente! ¡Que no enseñen materias que afecten su sensibilidad (religiosa, cultural, sexual)! Antes, si no me equivoco, se consideraba que la educación superior le daba al egresado un grado más elevado de madurez, pero ahora puedes tener hasta dos maestrías y regalarle el diez por ciento de tus ganancias al charlatán religioso de moda. Así acabe violando a tus hijos en el colegio.

Y, para variar, otro genio de la ciencia ficción, Fritz Leiber, nos dejó una visión que, pese al humor con el que ha sido tratada, no deja de ser aterradora. En su magistral cuento “Jefes descarriados”, plantea la tesis de que un exceso de conocimiento y racionalidad no lleva a nada mejor que… a la irracionalidad. Como lo demuestran sus estudiantes universitarios ofreciendo sacrificios y persignándose ante ante la Gran Computadora que va a evaluar sus informes…

El siglo XVIII fue conocido como el Siglo de las Luces. Tal vez el siglo XXI sea conocido como el Siglo en el que se apagaron las Luces… o titilaron.

Para una autopsia de la vida cotidiana/Conversaciones con J.G. Ballard

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Para una autopsia de la vida cotidiana / Conversaciones

Entrevistas a J. G. Ballard

Caja Negra Editora

Buenos Aires, 2015

Traducción de: Walter Cassara

Prólogo de: Pablo Capanna

James Graham Ballard (1930-2009), fue el escritor británico de ciencia ficción acaso más representativo de la corriente denominada “new wave”, o nueva ola, cuya afirmación más radical y representativa sería “la ciencia ficción debe ocuparse más del espacio interior que del espacio exterior”.

El presente volumen abarca cuatro entrevistas realizadas a Ballard entre los años 1982 y 1991, es decir, antes de la televisión por cable y la internet. Sin embargo, los comentarios de Ballard respecto a las condiciones en las que se desarrollaba (y se iba a desarrollar) la vida de los habitantes de nuestras grandes urbes no solo no han perdido vigencia, sino que sobrecogen por lo preciso de su visión. Como se precisa en uno de los textos, la sociedad humana es vista como una suerte de cadáver a la que Ballard disecciona con el agudo escalpelo de su mente. Su visión no es optimista: auguraba para el futuro inmediato (nuestro presente), nada menos que un aburrimiento atroz e inevitable.

Nos pinta también a un Ballard muy humano, morador de un suburbio inglés de clase media, viudo, amante del surrealismo pictórico y muy consciente de los cambios que sucedían en el mundo. Como escritor, afirma no haber negado nunca ser un escritor de ciencia ficción, aunque precisa (ya en los ochentas) que, puesto que la ciencia ficción estaba invadiendo casi todos los ámbitos de la literatura y otras artes, carecía de sentido hablar de géneros. Genio total.

El primer peruano en el espacio en versión Kindle

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Ediciones Altazor, a través de su colección Arena, pone a disposición del lector la versión Kindle de mi libro de cuentos El primer peruano en el espacio,  el cual puede descargarse directamente a su smartphone, tablet o Kindle desde este enlace, al módico precio de U$ 2.99. También puede regalarlo, contribuyendo al fomento de la literatura de ciencia ficción peruana, y a la difusión del libro electrónico.

Feliz Navidad y próspero Año Nuevo 2017.

Daniel Salvo

Ecce monstrum / Nathan Ballingrud

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Gracias a la edición online, editoriales como Fata libelli, con sede en España, ponen al lector del género fantástico al tanto de novedades editoriales que, en otras épocas, habrían tardado años en estar disponibles.

El caso de uno de los autores publicados por esta editorial,  Nathan Ballingrud es bastante singular. Escribe cuentos de terror, en los que aparecen seres y monstruos usualmente asociados al género: vampiros, hombres lobos, fantasmas, criaturas marinas, zombies y extraterrestres. Y no se trata de metáforas o alegorías, sino de monstruos que cumplen a cabalidad la misión estereotipada que la tradición literaria más rancia les ha encomendado, esto es, matar, asustar, destruir y corromper a las personas normales.

¿Pero qué ocurre si las personas a las cuales atacan estos monstruos son cualquier cosa menos personas normales? ¿Si sus vidas están ya degradadas o en proceso de descomposición? Si es cierto que no hay monstruo más terrible que el propio ser humano, Ballingrud lleva esta afirmación a sus extremos más terribles: el zombie se convierte en víctima de la opresiva mediocridad bienintencionada de su pareja, el vampiro será doblegado por la crueldad de un menor lleno de odio y una criatura marina desencadenará el conflicto entre un ex presidiario y su familia, quienes sufren por reintegrarlo a sus vidas.

Nathan Ballingrud otorga a sus historias una atmósfera melancólica y oscura que tiñe de desesperanza a un mundo de por sí bastante sombrío, en el cual lo insólito y lo monstruoso son sólo facetas de una realidad en perpetuo deterioro.

Mind fuck guerrilla! / Jorge Baradit

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El libro a comentar (bueno, el ebook a comentar, que se puede descargar baratísimo desde Amazon en versión Kindle) lleva en la portada, como se puede apreciar, un anuncio de lo que el lector va a encontrar en el interior: “relatos, fragmentos, canalizaciones y ciberthrash by Baradit”.

Así, a quemarropa, Jorge Baradit (Valparaíso, 1969), escritor chileno ganador del Premio UPC, nos deja  a muchos de los demás southamerican science fiction writers como una tira de acartonados y anacrónicos momios seudo asimovianos. Por las ideas que despliega, por el lenguaje que utiliza, por su absoluta carencia de prejuicios a la hora de mezclar los géneros (fantasía, ciencia ficción, folklore, revelaciones esotéricas, entrevistas, crónicas), y otra vez por sus ideas.

Porque cada cuento, reseña, cróncia o lo que quiera que escriba Baradit parece mas bien la transmisión de una o varias revelaciones, “canalizada” antes que transcrita, redactada en un lenguaje que puede asimilarse a un bombardeo constante de flashes y luces que literalmente calcinan el cerebro del lector. El “cómo no se me ocurrió a mi” ha lacerado mi corazón sudamericano de principio a fin en cada lectura.

Baradit supera cualquier convencionalismo moderno y posmoderno. “Ciberchamanismo”, dijeron no se donde, refiriéndose a su original estilo, término que no le gustó, en lo que concuerdo con él, pues parece otra de las tantas definiciones acuñadas para etiquetar a los escritores “sudacas”. Como para responder a la aún no formulada pregunta: “¿qué es lo último que se está llevando en literatura latinoamericana? ¿Siguen con el realismo mágico? No, pero hay una cosa llamada ciberchamanismo, probemos a ver si la etiqueta vende… “

Leyendo a Baradit, uno no puede menos que lamentar que las (absurdas) barreras y sospechas entre países (en eso si que somos muy latinoamericanos) dificulten el conocimiento de la riquísima cultura del país del sur. El Chile de Baradit es muy distinto al Chile que nos pintan las agencias de noticias: pululan contactados, monstruos, profetas, indígenas depositarios de arcanos conocimientos, conspiraciones que inician en Siberia y culminan en la Antártida, vampiros cuyo insólito origen no los hace menos aterradores, policías con misiones atroces, saberes antiguos que se cruzan con lo último de la tecnología, cuando no con usos ucrónicos de la misma (esa red de computadoras proyectada en SYNCO, anticipando la revolución informática, que pudo tener lugar en el Chile de Allende…).

Poca justicia le haría a Jorge Baradit si me pusiera a reseñar cada uno de los textos incluidos en el libro. Destaco, si, los que me han parecido más memorables: La conquista mágica de América, (que se puede leer gratis en la estupenda revista Axxón), o de cómo una misma guerra puede librarse en varios frentes; Los vampiros, en el cual hasta el monstruo más aterrador acaba siendo pervertido, en el sentido más degradante del término; y Karma police, brutal al borde de lo sádico, pero como la mejor época de la Inquisición, hecho con mucho amor al prójimo, esperando su salvación eterna, aún cuando haya cometido el peor de los crímenes… en otra vida. (dio lugar a toda una experiencia en cómics).

Mind fuck guerrilla! puede descargarse desde esta dirección. Si no tienen prejuicios acerca de lo que “debe ser” la ciencia ficción chilena, si no quieren encontrar “ciberchamanismo”, lean este libro. Antes de que la Policía del Karma los encuentre…

Daniel Salvo

La cúpula / Stephen King

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El inicio no puede ser más inquietante: un día cualquiera, el – en apariencia – apacible pueblecito de Chester´s Mill es encerrado bajo una cúpula, invisible e impenetrable, que literalmente cae del cielo y lo aísla totalmente del exterior. Mientras el resto del mundo  – léase el Gobierno de los Estados Unidos – debe lidiar con el enigma y con una opinión pública que exige respuestas y la liberación de los ciudadanos atrapados por el fenómeno, bajo la cúpula se desatará una ola de dramas y crímenes, protagonizados por viudas, antisociales y politicastros locales, quienes se adaptarán antes que nadie a tan extraordinaria situación, la cual ven como un regalo de Dios – literalmente – para probar que son los herederos manifiestos de un destino, aunque este destino consista en disponer de la vida y la muerte de los demás ciudadanos atrapados. Mejor cabeza de ratón que cola de león, como diría el concejal James “Big Jim” Rennie, capaz de corromper a un religioso para producir drogas ilegales, pero incapaz de soltar siquiera una palabrota, a fin de no ofender al Señor…

Es una lástima que una novela que parte de tan interesante premisa sea desbordada por la manía que tiene Stephen King de crear personajes muy pero que muy complejos y bien construidos, al punto que logran lo que podría parecer imposible: hacer que la cúpula y el misterio que encierra pasen a un segundo plano, cuando no se pierden de vista por parte del lector. Porque de pronto, La cúpula deja de ser una novela basada en un hecho inexplicable y anómalo hasta lo aterrador, para convertirse en una suerte de telenovela, de culebrón televisivo, centrado en las vicisitudes del pequeño universo en el que se ha convertido Chester´s Mill. El lector puede saltarse tranquilamente las páginas del libro de cien en cien: recién a las finales, y como quien no quiere la cosa, a alguien “se le ocurre” una idea respecto al origen de la cúpula, quien la puso ahí y cómo librarse de ella, y oh casualidad, esta idea resulta ser correcta. O bien como lector soy incapaz de reconocer el genio de Stephen King, o estamos ante el más tramposo deus ex machina que haya leído jamás. Como para preguntarle al autor: ¿y te has tardado tantas páginas del libro para decirme que todo se soluciona así de fácil? ¿Me he tenido que soplar accidentes, robos, asesinatos y planes de ya-perdí-la-cuenta-cuántos personajes para leer que la solución la “descubren” unos secundarios tan secundarios que ni sus nombres se recuerdan? Pues sí. A La cúpula le sobran, como mínimo, unas 800 páginas, si es que queremos leerla como una historia de ciencia ficción. Le sobran menos, unas 200, si la leemos como una versión remozada de La caldera del diablo. Pueblo chico, infierno grande. Pero, ¿y la cúpula?

No puedo menos que comparar esta novela con Aurora, de Kim Stanley Robinson, en el sentido de que ambas novelas transcurren, la mayor parte del tiempo, en un entorno cerrado (la cúpula, la nave estelar). Pero mientras que en Aurora se logra el efecto de hacer sentir al lector que los personajes se encuentran en un ambiente muy especial y ajeno a la Tierra, una nave en medio del vacío del espacio y enfrentada a constantes peligros por esta misma situación, en La cúpula se hace necesario recurrir a obvias menciones al fenómeno a fin de recordarle al lector que, además de drama y pasión telenovelesca, hay por ahí una estructura misteriosa que, al parecer, algo tiene que ver con la novela que tiene en las manos.

El doctor Jekyll y el señor Hyde/Robert L. Stevenson

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De esta breve pero intensa novela de Robert Louis Stevenson tenía muchas referencias y recuerdos relativos a versiones cinematográficas, mas no una lectura directa de la misma. Misterios de la vida, que me alejaron de lo que algunos lectores consideran es un antecedente del género de ciencia ficción, dado lo sugerente de su trama: el atildado, buenmozo y decente doctor Jeckyll de Londres, ha inventado una poción que lo transforma en el brutal, grotesco y vicioso señor Hyde. Un humano se convierte en monstruo. Un hombre bueno se convierte en malo. Un socorrido ejemplo de la dualidad humana, en la que se juntan el lado luminoso y el lado oscuro.

Sin embargo, una lectura directa de esta novela aún es capaz de provocar más de una sorpresa en el lector. Una vez que se ha conocido de primera mano al doctor Jekyll, no puedo menos que concluirse que no se trata del “otro lado” del señor Hyde. Jekyll no es otra cosa que la versión reprimida de Hyde. Como lo revela él mismo, está harto del lugar que ocupa en la sociedad londinense, el del caballero de sociedad amante de las tertulias y de las causas nobles. En el fondo, desea  placeres y diversiones, cuanto más repelentes – a su juicio – mejor.

De modo que da con la fórmula que, en la versión que casi todos los lectores manejamos, le permite convertirse en monstruo: una poción de color verdoso (¿de qué otro color podría ser una poción mágica o de origen químico?)  que, a poco de ser ingerida, hace que afloren al rostro de Jekyll unos rasgos y expresión bestiales, se reduzca su estatura (?) y experimente lo que en el fondo ha buscado: una sensación total de libertad de todo tipo de frenos, de represiones, de moral. O sea, quien aparece no es el señor Hyde, sino el verdadero Jekyll, un tipo tan abyecto que se solaza en propinarle furibundos puntapiés a una infeliz niña de ocho años que tiene la mala suerte de cruzarse en su camino… incidente que es solucionado entre adultos y a la manera adulta, es decir, comprando el dolor y la vergüenza de la niña con dinero que se entrega a sus padres. Como que la sociedad retratada por Stevenson no tenia mucho de qué escandalizarse al conocer las andanzas del señor Hyde, a decir verdad…

Así, se hace evidente que para Stevenson, tanto la educación como la sociedad victoriana en sí, son el equivalente a otro tipo de poción, que a diferencia de la descrita a lo largo de novela, sirve para ocultar al señor Hyde, pero que como todo lo artificial (como lo es la poción inventada por Jekyll), lo hace de un modo imperfecto o limitado: no vemos al doctor Jekyll morir convertido en el señor Hyde, sino que vemos morir a alguien que ha vuelto a su esencia original. Jekyll siempre fue Hyde.